“Amor”, culpa y chantaje: el acoso a mujeres jóvenes en la era de la hiperconectividad
Género

“Amor”, culpa y chantaje: el acoso a mujeres jóvenes en la era de la hiperconectividad

Un pantallazo de chat muestra la conversación entre dos amigos que alguna vez fueron novios: Mateo y Luisa. Mateo le pide a Luisa “la fotico que le prometió”, pero Luisa se niega y le dice que ella tiene novio y que, por favor, no le insista. Mateo responde que igual él se masturba con las fotos que ella pone en Facebook y que si no le manda el pack, va a mostrarle a Joan —el novio actual de Luisa— un pantallazo de cuando, supuestamente, ella le dijo que todavía lo amaba.

Esta conversación es ficticia. Y la simulamos para mostrársela a diez adolescentes de diferentes regiones de Colombia, con quienes nos reunimos el 21 de febrero a través de una videollamada en un espacio que hemos llamado Círculo Mutante, un momento íntimo y seguro de conversación horizontal. Ellas hacen parte del proyecto Girls Out Loud de la Fundación PLAN, creado con el objetivo de propiciar un espacio de diálogo para que las niñas y mujeres jóvenes discutan cuestiones clave de género en grupos privados de Facebook.

Después de mostrarles el chat les preguntamos qué tan frecuentes son estas situaciones en sus vidas. De las diez participantes, ocho nos dijeron que habían vivido una situación similar o conocían a alguien que la hubiera vivido.

La frecuencia de este tipo de casos también quedó demostrada en la última versión del informe “El estado mundial de las niñas” de Fundación PLAN, titulado “(In)Seguras Online”, que recogió información de más de 14.000 niñas y mujeres jóvenes entre 15 y 25 años durante 2020, a través de encuestas en 22 países y entrevistas en 16. Este informe concluyó que el 58% de ellas dijo haber sido víctima de algún tipo de acoso digital.

La definición de acoso en línea no es unívoca. Sin embargo, distintos proyectos en América Latina, que se están preguntando por los derechos digitales con enfoque de género –como Hiperderecho, Luchadoras y Dominemos la tecnología–, concuerdan en algo: es una forma de hostigamiento que sucede a través de medios tecnológicos para ejercer control sobre la persona que está siendo acosada.

Hacer comentarios amenazantes, presionar a alguien para obtener acceso a sus redes sociales o que envíe fotos sexuales, chantajearle con esas fotos, escribir repetidamente mensajes para perturbar la tranquilidad de una persona o suplantar su identidad, son algunos ejemplos de acoso digital que tipifican estos proyectos y sirven para facilitar la comprensión del problema.

Acoso ‘en nombre del amor’

“Estas cosas son comunes y todas conocemos a alguien que ha pasado por algo similar”, nos dijo Diana, una de estas jóvenes que vive en el departamento de Nariño. Pero, ellas mismas nos advirtieron que, a pesar de conocer las posibles consecuencias de las situaciones de acoso, hacerles frente no es fácil. Deisy, una joven de Chocó que cursa sus primeros semestres universitarios, nos explicó que “se hace más difícil denunciar cuando hay emociones de por medio. Además, si denuncias, te dicen que es normal y que no hay nada de malo porque es tu novio”.

Las dinámicas de acoso digital muchas veces suceden en el marco de relaciones sentimentales y en nombre del amor. Tanto así que la vertiente colombiana de Dominemos la tecnología —una campaña global que busca hacer un llamado “a todas las personas, sobre todo mujeres y niñas, a tomar el control de la tecnología para terminar con la violencia contra las mujeres”—, sostiene dentro de la definición de acoso digital que, si bien es una forma de ciberbullying, “es un poco diferente ya que suele suceder entre dos personas que poseen una relación romántica, para manipular y controlar con algunas acciones”.

Marcya Hernández, coordinadora de Proyectos de Apropiación TIC en Colnodo, organización que fomenta el uso estratégico del internet para el desarrollo y que opera esta campaña en Colombia, dice que muchas dinámicas de acoso están mediadas por la negociación entre quien controla y quien se deja —o no— controlar, dentro del concepto del amor romántico —un ideal de amor que refuerza los roles de género dentro de la construcción de una relación de pareja y que solo es realizable en este contexto—.

Para explicarlo, Marcya pone de ejemplo el caso hipotético de una videollamada entre una pareja de novios: “hablan por celular, con la cámara, y él le dice que la deje prendida porque ‘ella duerme muy lindo’. Nos encontramos con situaciones de este tipo en donde las chicas dicen: ‘qué lindo mi novio, le encanta verme dormir’. Pero ‘verla dormir’ esconde la intención de vigilarla. Estos elementos de control se romantizan y terminan convirtiéndose en algo muy natural. Si una niña o adolescente que está creciendo en este ambiente no tiene una alerta que le advierta que eso no es normal, no sabrá que puede rechazar estas prácticas, y que hacerlo no la hace peor novia, mujer o persona”.

Según cifras de (In)Seguras Online, del total de niñas y jóvenes que afirman haber sido acosadas en línea, el 11% dice que fue su pareja actual o anterior quien lo hizo y 21% que fue una amigo o una amiga. Este tipo de relaciones —noviazgos y amistades— tienen un impacto en cómo las niñas y jóvenes entienden la construcción de lo femenino, dice Marcya. “Entonces hacemos todo lo posible por no dañar nuestra relación sentimental. Y la ‘prueba de amor’ ya ni siquiera es que me des un beso o que tengamos un primer encuentro íntimo, sino que me des tu contraseña del celular y ya con eso me demuestras que me amas absolutamente”, concluye.

En Mutante convertimos esta situación en un chat ficticio para discutirlo con nuestra audiencia y las niñas de Girls Out Loud. En una imagen, que asemeja un pantallazo del chat, se ve la conversación entre una pareja en la que una de las personas le pide a la otra la contraseña de sus redes, con la excusa de la confianza entre novios y el beneficio de “poder compartir todo”. Luego de publicar la imagen en uno de los grupos de Facebook del proyecto, una de las participantes respondió: “a veces sin darnos cuenta cometemos el error de querer darle gusto a las personas, solo por no querer decir que no. Cuando nos enamoramos nos volvemos tan sensibles y vulnerables. Nos queremos quedar en donde no encajamos por miedo a no volver a tener alguien que nos ame de verdad”.

Según Julián Felipe Almario, doctor en psicología clínica con una amplia trayectoria en el trabajo con población adolescente y autor del libro “Una mirada existencial a la adolescencia”, explica que estos son “modelos aprendidos en donde la sumisión es demostrativa del afecto y sirve como un termómetro para medir qué tanto se quiere a al otro. El problema tiene que ver con una relación de sometimiento” y, si bien puede sucederle tanto a hombres como a mujeres, sostiene que es más frecuente en esta última población.

En momentos en los que aprender a amar necesariamente transcurre a través de la virtualidad, el acceso y el uso de las herramientas tecnológicas se utilizan como mecanismos de control dentro de las relaciones sentimentales. La hipervigilancia y la pérdida de la privacidad también se han convertido en síntomas de la pandemia por el Covid-19.

La culpa como mecanismo de silenciamiento

Por la complejidad de estas situaciones en espacios digitales en las que convergen relaciones de poder, enamoramientos, inseguridades e identidades que están en proceso de ser forjadas, a pesar de tener herramientas e información suficiente para defenderse, muchas niñas prefieren quedarse calladas. Además, cuando van a hablar o a denunciar a sus parejas por sus acciones de acoso, sus familias y amigos, según nos contaron, suelen señalarlas por “exageradas” y esto las hace sentir culpables.

“En mi barrio empezaron a publicar fotos sexuales que algunas chicas habían mandado en privado. Estoy segura de que estas personas que las difundieron no tuvieron consecuencias, porque a nosotras las mujeres, la familia y los amigos, sí nos dicen ‘si publicaron tus fotos, deberías tener vergüenza, no denunciar. La que tuvo la culpa fuiste tú que mandaste las fotos’. No queremos denunciar porque vamos a hacer un show en la familia”, nos contó Lis, una joven del departamento de Bolívar, Colombia, en el Círculo Mutante.

“Chidas en línea: un estudio sobre el impacto de la violencia digital contra las adolescentes en México”, publicado en marzo de 2021, encuestó a 403 adolescentes de entre doce y 17 años de 18 estados de México y entrevistó en profundidad a 15 de ellas sobre sus experiencias de violencia digital. A la pregunta por lo que sucede cuando son víctimas de agresión en un espacio digital, la mayoría respondió que “su primera sensación fue el no saber qué hacer y posteriormente se sintieron culpables por verse envueltas en esa situación”.

Por su parte, la fase cualitativa de (In)Seguras Online respalda esta conclusión. En las entrevistas que le hicieron a 18 mujeres jóvenes de 16 países diferentes, identificaron que una de las consecuencias del acoso digital en las niñas, adolescentes y mujeres jóvenes que lo sufren es la sensación de culpa o de ser responsables del abuso de alguna manera.

Y tal como señala Lis, con la culpa viene el silencio. Y con el silencio, ansiedad.

En contextos de silencio se agudiza la violencia

Una advertencia que repiten varias de las iniciativas de derechos digitales con enfoque de género consultadas para este artículo es que no existe una diferencia entre los espacios físicos y los espacios digitales. La violencia a la que se ven expuestas las niñas, adolescentes y mujeres jóvenes es igual de tangible en ambos espacios, e incluso se traslada fácilmente entre uno y otro. Por ejemplo, de las niñas que afirmaron haber sufrido acoso digital, el 47% han sido amenazadas con violencia física o sexual, según el informe de Fundación PLAN.

Las violencias digitales son la réplica de las violencias físicas. Así lo sostiene Marcya, de Colnodo. La frecuencia de las violencias impacta de manera muy contundente a las niñas y mujeres jóvenes. De hecho, (In)Seguras Online identificó que el 64% de las encuestadas se han visto gravemente afectadas por sus experiencias en línea. Algunos de los efectos que sufren son estrés psicológico y emocional (42%), baja autoestima y pérdida de confianza (42%), sensación de inseguridad física (24%), problemas con familiares y amigos (19%) y problemas en la escuela (18%). Sus reacciones más frecuentes ante el acoso digital fueron “miedo, incomodidad e inseguridad”.

La Red Feminista Antimilitarista —una organización con base en Medellín, Colombia, que busca incentivar pensamiento crítico y prácticas colectivas para erradicar el modelo hegemónico de sexo, clase y raza— intuyó que el acoso digital iba a aumentar durante la pandemia. “Así que empezamos unos talleres para verificarlo y explorar cómo evitamos que eso suceda”, nos contó Sandra López, miembro del equipo pedagógico de la Red. El resultado de esos talleres fue el podcast colaborativo ‘Las redes son nuestras’ en el que niñas entre 10 y 15 años participantes de estos talleres cuentan sus experiencias con el acoso digital y cómo les hicieron frente. Esta es una de ellas:

Mi novio se empezó a volver una persona muy celosa y hackeó mis redes sociales. Tenía acceso a mi correo. Accedió a él y cambió la contraseña de mi Facebook. Vio que había muchos mensajes de hombres que me decían que estaba muy linda y se dio cuenta de que yo le contaba todo a mi mejor amigo. Entonces se hizo pasar por mí, eliminó a las personas de mis redes y las insultó para que no me volvieran a hablar.

Me empezó a mandar muchos mensajes de texto y me pedía la ubicación todo el tiempo. Como yo no le contestaba, vino a mi casa y al encontrarme sola se aprovechó y empezó a actuar de forma agresiva. No midió sus palabras y sus actos y me golpeó. Después de que me vio herida, se fue y me dejó tirada. Cuando mis padres llegaron tuve mucho miedo de contarles lo sucedido, así que le conté a mi hermana y ella me dio fuerzas y me hizo entender que lo que pasaba no era culpa mía y que una persona que es capaz de maltratarte, no te ama. Le contamos a mis padres y me acompañaron a denunciar.

El acoso digital tiene como consecuencia la ampliación de la brecha digital de género

Según la Unión Internacional de Comunicaciones, en 2019 había 4.100 millones de personas que usaban internet. Mientras que 58% de los hombres usan internet, 48% de las mujeres lo hace. Esta cifra es la primera prueba tangible de la brecha de género en tecnología. Pero no es la única. La brecha se extiende mucho más allá del acceso.

La Fundación World Wide Web publicó en octubre de 2020 un informe sobre la brecha de género digital en el que explora distintos tipos de barreras que la incrementan. Halló que, a pesar de que en los cuatro países investigados —Colombia, Ghana, Uganda e Indonesia— la brecha en el acceso es baja, los hombres tienen 29% más de probabilidades de comentar sobre asuntos políticos, sociales o económicos, así como de vender productos o publicitar servicios en línea y 22% más de publicar una entrada de blog. Como desarrollo de estos datos el informe dice: “Sin la participación total de las mujeres como creadoras de contenido, internet continuará siendo construido con un sesgo hacia las perspectivas masculinas. Con menos mujeres en internet y menos mujeres que creen contenidos en línea, hay escasez de contenidos creados por mujeres que involucren a otras mujeres y las impulsen a quedarse en línea y a crear contenidos ellas mismas”.

El acoso digital agrava este panorama. Como consecuencia de la violencia que sufren, 19% de las niñas encuestadas para (In)Seguras Online usan menos la red social en la que fueron acosadas y 12% dejan de usarla. El 18% deja de publicar contenidos que expresen sus opiniones y 16% modifica la forma en la que se expresa para evitar el acoso. La reacción de las adolescentes mexicanas al acoso en línea, sistematizada por Chidas en línea, fue similar: 14% de quienes manifestaron haber sufrido consecuencias a partir del episodio de acoso, cerró sus redes sociales.

Al dejar de usar las redes sociales, o disminuir su uso, las niñas incurren en prácticas de autocensura y se ponen en desventaja frente a sus pares que sí se forman aprovechando todas las herramientas que les puede ofrecer internet. En la actualidad, además, disminuir la conectividad o el uso de internet es aún más grave puesto que casi todas las dinámicas de la cotidianidad se han trasladado a espacios virtuales. Al excluirse de estos las niñas pierden los espacios de educación, de aprendizaje, de ocio y de socialización.

¿Cuál es la solución?

El acoso digital es un problema multidimensional, con una pata en lo análogo y otra en la virtualidad. Por eso la solución también tiene que abarcar ambos tipos de espacios. Todos los informes y proyectos que consultamos ofrecen diferentes abordajes para resolver este asunto: construcción de redes de apoyo, confianza y protección; formación y conocimiento para habitar el internet; presión ciudadana para generar un fortalecimiento normativo —tanto desde los gobiernos, como desde las empresas de comunicaciones— que proteja los derechos digitales de todas y todos los usuarios de internet.

“Si tienes un entorno familiar seguro y de confianza hay mayores probabilidades de que tú le cuentes a tu mamá o a tu hermana o a tu tía cuando vives situaciones de acoso sin sentir culpa”, nos explicó Sandra López, de la Red Feminista Antimilitarista. El enfoque de esta organización, tanto en su podcast como en su abordaje pedagógico a los problemas de violencias de género, es la acción: prevenir, protegerse o solucionar el problema si ya ha pasado. Y la construcción de redes de apoyo es fundamental en esta propuesta.

Hablar de forma abierta y sin prejuicios sobre el acoso digital ofrece la posibilidad de que las niñas no sientan que son culpables o las únicas a las que les pasa. Además, como nos contó Sandra, hablarlo en colectivo permite hacer realidad la máxima de “‘juntas nos protegemos’, desde el acompañamiento emocional y la acción colectiva, y no solo desde la dimensión individual”. La conversación entre las niñas del podcast sobre sus experiencias de violencia digital les permitió sentirse acompañadas y alzar sus voces contra las situaciones que vivieron.

Para lograr una conversación amplia y honesta sobre el tema, en la Red involucraron a otras mujeres de las familias de estas niñas. Hablaron con sus mamás, sus tías y abuelas para explicarles lo que significa vivir en un contexto digital y así lograr que ellas comprendieran las violencias que sufren las niñas allí y pudieran abordarlas desde el conocimiento y no desde el castigo.

Desde otro frente de acción, la campaña Dominemos la Tecnología busca que las mujeres logren justo lo que su nombre enuncia. “La técnica y la tecnología no están lejos de nosotras. Quizá hemos aprendido con el tiempo que sí, pero realmente cuando nos vemos en retrospectiva, todo el tema ancestral de cómo se han relacionado las mujeres con el conocimiento también tiene una técnica y está mediado por una tecnología. Lo que pasa es que acá estamos hablando de tecnologías digitales, entonces, simplemente es dar el paso y abrirse al aprendizaje”, explica Marcya Hernández, de Colnodo.

Por eso la solución que propone la campaña es pedagógica. “Entre más conocemos, tenemos más posibilidad de tomar mejores decisiones. Si uno tiene más información, tiene una serie de variables en su cabeza para decir ‘hago esto o hago lo otro’”, cuenta Marcya.

Durante diez años, Colnodo se ha enfocado en incentivar a mujeres y niñas para que sean creadoras de contenido y ejerzan sus derechos digitales, a pesar de las limitaciones que pueden tener. Por eso las forman en uso de software libre y en técnicas de seguridad digital para formar un criterio que permita la toma de decisiones informadas en internet. Les enseñan, por ejemplo, sobre ventajas y desventajas de herramientas digitales de uso cotidiano, como aplicaciones de mensajería instantánea o editores de fotos y videos. Suministran información para ofrecerles la opción de elegir, y que no se vean obligadas a hacer uso de herramientas que quizás no son las mejores para ellas, simplemente porque son las únicas que conocen.

Las soluciones provenientes de la sociedad civil y que le apuntan a la auto protección son un gran aporte a la solución del problema, pero necesitan del aparataje normativo para fortalecerse. La Fundación World Wide Web, la Fundación PLAN y Chidas en Línea coinciden en sus informes en que una parte importante de la solución está en impulsar marcos normativos que protejan la privacidad y los derechos digitales. Sin embargo, como dice la primera de estas organizaciones, esto debe suceder teniendo en la mira “las preocupaciones específicas que atañen a las mujeres”. El 18% de las niñas entrevistadas por PLAN cree que el gobierno tiene un papel muy importante en la lucha contra el acoso digital.

Pero propender por marcos jurídicos más robustos que garanticen la seguridad digital no es suficiente. Es necesario que las empresas de comunicaciones y redes sociales (por ejemplo Google, Facebook y Twitter) que operan los canales a través de los cuales sucede el acoso digital también fortalezcan sus políticas de protección a las víctimas de estos hostigamientos. El 44% de las niñas encuestadas para (In)Seguras Online —el porcentaje más alto— cree que estas empresas son los actores más importantes en la lucha contra el acoso digital.

Con frecuencia las mujeres son el público objetivo de las campañas de prevención de las violencias que las victimizan. Lo mismo sucede en el caso del acoso digital. La mayoría de campañas consultadas para este artículo ponen en el centro de la acción a las niñas, adolescentes y mujeres jóvenes. Sin embargo, ignorar el origen del problema es un obstáculo grande al momento de solucionarlo.

Para solucionar el acoso digital es necesario hacer pedagogía a quienes acosan. Las estrategias de prevención, si se enfocan en cambios de comportamiento en las niñas para evitar ser acosadas, terminarán por agudizar el problema de la brecha de género digital. La construcción colectiva de espacios virtuales seguros necesita de todos los usuarios de internet. Es fundamental dejarle claro a los hombres que chantajear a sus novias o a sus amigas para que les manden fotos o las contraseñas de sus redes no es amor, es violencia. Difundir sus fotos no es despecho ni una broma, es violencia. Pedirles que dejen sus cámaras prendidas mientras duermen o que les manden su ubicación y fotos para saber dónde y con quién están no es protección, es violencia.

“Aprendimos a amar bajo relaciones tóxicas y posesivas. Es tan normal que nos celen, que justificamos las acciones de algunas personas, sobre todo de los hombres. Es necesario combatir estas relaciones porque no son normales y afectan nuestro bienestar”, concluyó Juliana, del departamento de Nariño, en la reunión entre Mutante y Girls Out Loud. Y para complementar, Deisy acabó diciendo “esta es la lucha que tenemos: empezar a hablar de estos temas sin miedo para saber qué hacer cuando estas cosas se presentan. Poner el dedo en la herida en los espacios en los que esto está tan normalizado. Es lo que hacen muchas chicas dentro de sus entornos y es genial ver que suceda”.

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Por:

María Paula Murcia Huertas

Ilustración: Matilde Salinas

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