Decir cosas que no se dicen en ninguna otra parte
Derechos humanos

Decir cosas que no se dicen en ninguna otra parte

Cada vez que a Gerardo Reyes lo presentan antes de una conferencia dicen de él cosas como: “Uno de los mejores periodistas investigativos del continente americano” o “Uno de los sabuesos más temidos del periodismo hemisférico”. Para varias agremiaciones de periodistas del sur de Florida y América Latina Reyes ha sido el maestro a quien se le pueden preguntar los secretos más difíciles del oficio: cómo investigar el narcotráfico, cómo investigar el lavado de dinero, cómo investigar a los multimillonarios, cómo investigar… (ponga aquí el asunto que quiera).

Entre colombianos ha sido el único en obtener los dos premios más prestigiosos que el periodismo gringo concede a sus reporteros: en 1999, haciendo parte del equipo de investigación de The Miami Herald, obtuvo el Pulitzer por “Dirty Votes, The Race for Miami Mayor”, serie de reportajes que revelaron que mucha gente muerta había votado en las elecciones para la alcaldía de esta ciudad. Y en 2004, el María Moors Cabot, por haber “fomentado la práctica y metodología del periodismo investigativo a través de su labor pionera en los medios de comunicación tanto estadounidenses como latinoamericanos”.

Nacido en Cúcuta en 1958, Reyes comenzó en este oficio a sus 20. Cursaba segundo año de Derecho y un día cualquiera, Alberto Donadío, primo suyo, lo invitó a trabajar en Propúblicos, oenegé que le seguía los pasos a los congresistas —si iban a las plenarias, qué proyectos de ley presentaban, qué debates promovían y cosas parecidas— y a los gastos del Congreso. A final de año, la oenegé entregaba los resultados a la Unidad Investigativa de El Tiempo para que los publicara como artículos. Al cabo de los días y gracias a su rigor investigativo, la Unidad vinculó a Reyes como parte del equipo. Sin embargo, él se siente cómodo recordando que su inclinación por el oficio nació dirigiendo el periódico del colegio llamado Avance. “Desde ese momento me interesé en decir cosas que no se decían en ninguna otra parte y que despertaban debates”.

Pues bien, aquel afán adolescente de provocador cuajó en un ímpetu inagotable por hallar y narrar historias ocultas que cuando se leen en letras de molde, en efecto, encienden polémica. Sin ir muy lejos, en julio de 2011, a pocos meses de haberse empleado en el canal Univisión como jefe de investigaciones, Reyes emitió un reportaje en el que reveló que el cuñado del senador Marco Rubio —el cubanoamericano con mayor caudal electoral de Estados Unidos, y muy sonado para haber sido el vicepresidente de Mitt Romney en las próximas elecciones— había sido condenado por narcotráfico más de 25 años atrás, justo cuando Rubio era un adolescente.

Lo paradójico es que la polémica que se armó en el sur de Florida y en la campaña del Partido Republicano no fue acerca del prontuario del señalado ni la influencia que hubiera podido ejercer en la educación de Marco Rubio sino sobre la aparente mala fe con la que había actuado Gerardo Reyes. Líderes de la comunidad cubana calificaron la investigación como “sucia” y “tendenciosa” y que al autor se le había “salido el anticubano que nunca había podido ocultar desde que estaba en The Miami Herald”. Hasta un programa de radio colombiana llamó al reportero para hacerle la pregunta que flotaba entre los acólitos de Rubio: “¿Qué importancia pueden tener los hallazgos de esta investigación 25 años después?”. Reyes, con su acostumbrada voz calma, respondió: “La gente tiene derecho a conocer todos aquellos hechos familiares que hayan tenido impacto en la vida de un político, ya sea en su juventud o en su edad adulta, porque son cosas que terminan influyendo en su opinión y en sus iniciativas. Que a la hermana de un senador le hayan confiscado la casa donde viven, en el marco de la operación antinarcóticos más importante de ese año es un hecho que para nosotros tiene relevancia periodística”.

La polémica continuó varios meses más e incluyó acusaciones de extorsión, peticiones de despido contra Reyes, intentos de boicot de debates presidenciales, entre otras delicadezas. Contarla toda aquí daría para otro artículo. Por el momento baste decir que a comienzos de enero de 2012, Ken Auletta, el analista de medios más importante de Estados Unidos y escritor de planta de la revista The New Yorker, publicó un extenso análisis de todo el caso titulado “War of Choice” en el que respaldó el trabajo del reportero colombiano. “El artículo de la New Yorker y otro más que salió en la Columbia Journalism, revista también bastante respetada aquí, fueron una reivindicación de nuestro trabajo. Y si no fueron de nuestro trabajo, lo fueron de mi honestidad sobre cómo actué en este caso”.

Reyes vive en uno de los pocos suburbios de valor histórico que le quedan al Bajo Miami —que a estas alturas es un amontonamiento de relumbrantes rascacielos—, en una casa de dos plantas, estudio independiente y modesta piscina. En su biblioteca abundan títulos en inglés y en español. Hay de todo: novelas, cuentos, ensayos, libros de historia, revistas, cedés, cintas de video y, en anaquel especial, numerosos títulos sobre narcotráfico. Por encima, reconozco: Confesiones de un narco, Killing Pablo, Kings of Cocaine, Cocaine: The Great White Plague y Los nuevos jinetes de la cocaína. “La narcoteca que todos tenemos”, me dice entre risas. También colecciona biografías de los hombres más ricos del mundo. “A donde viajo, compro una. En ellas uno encuentra todas las manifestaciones del poder”.

Quizás las predilecciones de su biblioteca expliquen por qué sus dos libros más recientes sean, precisamente, una biografía y una crónica de narcotraficantes. Don Julio Mario, biografía no autorizada, es una meticulosa investigación de la vida y obra de uno de los magnates que llegaron a ser casi dueños de Colombia a lo largo del siglo XX: Julio Mario Santo Domingo. Y Nuestro hombre en la DEA es la vida de un fotógrafo de modelos que terminó de mediador entre narcotraficantes y la Drug Enforcement Administration, DEA.

A comienzos del verano de 2012, me reuní con Reyes para hablar acerca de la reedición de Don Julio Mario, tras la muerte del magnate en octubre de 2011. La primera edición, en 2003, mereció pocas notas de prensa y, por decir lo menos, pasó casi desapercibida en las librerías. Antonio Caballero, irónico, explicó que las invasiones de Irak y Afganistán por parte del gobierno de Bush tenían la culpa: “Porque supongo que si hasta ahora nadie ha dicho en público una sola palabra a propósito del magnífico libro de Gerardo Reyes sobre Julio Mario Santo Domingo se debe a eso ¿no? A que no ha habido tiempo, ni respiro. No creo que sea por temor a los malos humores del magnate”. De esta reedición fue Ricardo Silva Romero en una columna de febrero de 2012 titulada “Poder” quien advirtió que el libro había entrado a los “escaparates de las librerías como quien entra de puntillas a una habitación”. Pero antes de llegar a Don Julio Mario, aproveché para preguntarle a Reyes algunas opiniones sobre el oficio y su formación como periodista en la Unidad Investigativa de El Tiempo, iniciativa de Daniel Samper Pizano y Alberto Donadío que cimentó en Colombia lo que la academia ha convenido en llamar “periodismo de denuncia” o “periodismo investigativo”.

Siempre se ha hablado con cierta grandilocuencia de la Unidad. Por lo menos, de ese primer impulso. Cierta grandilocuencia quiere decir: un nutrido y avezado equipo de investigadores capaces de encontrar los datos más recónditos con los que metían a cualquier político a la cárcel.

Una versión hollywoodense…

Tal cual. ¿Cómo funcionaba exactamente?

Éramos los tres. Tanto Daniel como Alberto estaban formados en la escuela norteamericana del periodismo de investigación: presentar hechos, darle oportunidad a los implicados de que se defiendan y evitar opiniones del periodista en los artículos. Daniel dirigía y también se encargaba de los temas que contenían ironía o humor que luego publicaba en su columna “Reloj”. Alberto y yo nos encargábamos de las cosas densas, que necesitaban mayor precisión. Mientras él investigaba temas ecológicos, como el saqueo de la fauna, yo continuaba con el seguimiento al Congreso. Además, yo leía todas las cartas y recibía las llamadas de la gente que quería denunciar algo. Y como los tres éramos independientes, nadie militaba en un partido y nadie tenía agenda política, podíamos marcar distancia con amigos y enemigos del periódico. No aceptábamos regalos ni invitaciones. Nada que pudiera poner en riesgo nuestra independencia.

Lo cual, me imagino, resultaba esperanzador sobre todo en un país con una larga tradición de periodistas que han usado a los medios para hacerse políticos. Y políticos que han ejercido el periodismo para hacerse elegir.

Así es. El éxito de una unidad investigativa en países donde se le niega la justicia a la gente consiste en que el periodismo se vuelve su último recurso. Entonces, la Unidad se inundó de denuncias. En principio, la Unidad gastaba la mitad de su energía peleando para obtener documentos. Tratando de convencer a los funcionarios públicos de que si Colombia tenía la ley más antigua de acceso a la información pública de toda América (creo que era la ley cuarta de 1913), más antigua que la de Estados Unidos, tenían que respetarla. Alberto lideró esas batallas ante el Consejo de Estado y antes los tribunales contenciosos administrativos, pues había elaborado su tesis de abogado sobre el derecho de acceso a la información pública. Recuerdo la que ganaron Daniel y Alberto contra Edmundo López Gómez, presidente del Congreso, para que entregara las nóminas del Senado y los gastos generales. Y hoy creo, sin temor a pasar como poco modesto, que de esas batallas nació toda la convicción institucional de respetar el derecho de petición. Sin esas batallas el derecho de acceso a la información pública no tendría el avance que hoy tiene.

¿Tenían un redactor general o cada quien redactaba su investigación?

Era un trabajo de dos personas. Uno que hacía de abogado del diablo y otro que era quien tenía que convencer. El que escribía, generalmente, no conocía los detalles de la investigación por lo que preguntaba como si fuera un lector.

¿Cómo firmaban?

Junto al dibujo de un ojo que era el logo, decía: Unidad Investigativa.

El periodo de trabajo de la Unidad fue toda la década del ochenta. Probablemente, la década de quiebre en la historia reciente del país: eclosión de los carteles del narcotráfico y su enfrentamiento contra el Estado, toma del Palacio de Justicia, hecatombe de Armero, origen del paramilitarismo, nacimiento y muerte de la Unión Patriótica, desmovilización del M19, en fin. ¿Cuáles fueron los intereses de investigación de la Unidad?

Yo diría, primero que todo, la corrupción política: contratación administrativa, construcciones a medias, hicimos muchísimos artículos de favoritismo y de sobornos. Recuerdo uno en que mostramos cómo la Ericcson le había pagado a funcionarios del Ministerio de Comunicaciones para obtener contratos como proveedores de suministros y líneas telefónicas a lo largo y ancho del país. Esa publicación desató un escándalo en toda América Latina. Recuerdo varios artículos premiados, como “El Frenocomio de la Picota: la antesala del infierno” en el que hablamos de un sitio a donde llevaban a la gente que no podía ser condenada porque había cometido el delito en estado transitorio o permanente de demencia, y ese sitio era la antesala del infierno, una cosa terrible. También publicamos temas de finanzas. Donadío se volvió un experto investigando actividades bancarias ilícitas. Una de esas fue el escándalo del Banco del Estado. Donadío descubrió cómo los directivos del banco estaban sacando plata para ellos inventando préstamos a unos testaferros que eran ganaderos de Popayán y quienes no tenían ni idea. En una sala del periódico, la Unidad reunió a los ganaderos con Jaime Mosquera, el directivo del banco, y les dijo: “Vea este señor le prestó a usted tantos millones, ¿lo sabía?”. El banco fue cerrado y Mosquera se fue para la cárcel.

Antes de que me lo preguntes: hicimos poco del narcotráfico. Recuerdo una investigación que hice de cómo los Rodríguez Orejuela llegaron a representar a la Chrysler, en Colombia. Pero no hicimos nada parecido a los artículos de Fabio Castillo y otros reporteros de El Espectador, que les costó un bombazo y la muerte de Guillermo Cano.

¿Antes de la Unidad, existía alguien o algún medio de comunicación en Colombia que hubiera hecho este tipo de periodismo?

El mejor antecedente de la Unidad era Germán Castro Caicedo. Aunque diferente: Germán detesta el periodismo investigativo norteamericano. Dice que siempre lo han querido mostrar como lo máximo y que es un invento hollywoodense, con la imagen del Watergate y todo eso. Pero él ya venía haciéndolo y muy bien. Primero en sus crónicas para El Tiempo y después en sus libros, desde Colombia amarga. Y lo continuó en televisión con el programa Enviado Especial. Con mucho énfasis antiamericano y con temas que nadie estaba tocando.

Si la Unidad estaba publicando hechos tan reveladores, me imagino que era frecuente la discusión con los dos jefes del periódico, Hernando Santos Castillo y Enrique Santos Castillo, acerca de la conveniencia de publicar tal o cual investigación.

Por su puesto. Si afuera la pelea era para que nos dieran documentos, adentro era para que nos los dejaran publicar. Sobre todo Enrique quien tenía una idea del periodismo muy política. El defendía que toda historia que publicaba el periódico debía estar medida por la conveniencia para la democracia. Y ponía todo en ese radar: cuánto de lo que hacía la Unidad le daba argumentos a la izquierda, al comunismo y a la subversión para acabar con el país. Hernando, un tipo más cínico, decía: “Este periódico no está preparado para tener una unidad investigativa, porque no todo mundo puede ser sujeto de una investigación”. Su argumento era racional: como la Unidad no se podía meter con los amigos de los Santos ni se podía meter con los anunciantes del periódico, era mejor que no existiera.

Por eso, la pelea era constante, sobre todo entre Daniel y los Santos Castillo. Hasta que tuvo la valentía de denunciar la situación. Nosotros veníamos haciendo una serie de organigramas en los que mostrábamos cómo funcionaba la endogamia y la burocracia departamental. Dos o tres familias y sus amigos, repartiéndose todos los puestos. Los llamábamos “Roscogramas” y alcanzaron una popularidad tremenda entre lectores del periódico. Cuando llegamos al departamento de Boyacá, lugar donde tenía más afinidad Enrique, él mismo nos impidió la publicación del roscograma. Y Daniel, en una ceremonia de premios de periodismo, contó lo que había ocurrido. Hoy sigo creyendo que ni El Tiempo ni muchos medios de Colombia han logrado liberarse de esa censura.

En 2009, la agremiación de periodistas Consejo de Redacción los reunió a ustedes tres para un conversatorio sobre periodismo investigativo. En esa ocasión, tú recordaste que la Unidad en complicidad con los Santos menores —Enrique Santos Calderon y Juan Manuel Santos Calderon, el hoy presidente de Colombia— aprovechaba las tardes de golf de los Santos mayores y el consecuente descuido de la agenda del periódico, para publicar investigaciones. ¿Es una anécdota exacta o tiene algo de exageración?

Enrique Santos Castillo jugaba golf los miércoles. Nosotros publicábamos los domingos. Así que todas las investigaciones que hayan aparecido en la edición de un jueves pudieron ser el resultado de una tarde del editor general. Pero la complicidad, en el caso de Juan Manuel Santos, solo se mantuvo hasta el día en que tocamos a un amigo suyo. Ese día ya no quiso que publicáramos la investigación.

¿De quién y de qué se trataba?

De Jorge Cárdenas Gutiérrez, quien era presidente de la Federación Nacional de Cafeteros. Él y varios de los más ricos empresarios del país habían invertido en la construcción de un hotel. Y este proyecto había fracasado. El presidente Betancur con dineros de la Corporación Nacional de Turismo organizó algo parecido a un teletón para rescatar el hotel y favorecer a sus amigos. ¡¿Qué hacía una corporación nacional pagando un apartamento de un millonario como Jorge Cárdenas Gutiérrez?!

Me impresiona que todavía sientas indignación con un hecho ocurrido hace más de 25 años.

Estoy convencido de que si un periodista pierde la capacidad de indignarse, mejor buscar otro trabajo.

Duraste diez años en esa Unidad. De ahí pasaste a El Nuevo Herald, en Miami. ¿Cómo diste ese salto?

En 1989, Andrés Openheimer, quien cubría América Latina para The Miami Herald, me dijo que El Nuevo Herald estaba ampliando su planta de personal y estaba comenzando una nueva etapa en la que quería distinguirse del Miami Herald publicando productos propios y acercándose más a los cubanos. Que si me interesaba. Le dije que sí. Daniel Samper se había exiliado en España por amenazas de muerte y Alberto Donadío había salido de El Tiempo aburrido de la censura. Entonces, me vine para Miami.

¿Pero por qué Openheimer, precisamente, te buscó?

Ahora estoy dudando si fue Openheimer o si fue Guy Giggliota. Pudo haber sido cualquiera de los dos. Me buscó porque, como periodistas, los colombianos tenemos muy buena fama en Estados Unidos. Y The Miami Herald conocía el trabajo de la Unidad y les parecía excepcional comparado con lo que se hacía en otros países latinoamericanos.

¿En qué empezaste?

En un puesto aburridísimo: asistente del editor de locales. Llegué a editar historias de una ciudad que no conocía, sin tener autoridad para saber si el reportero estaba citando bien los nombres de las fuentes y de los lugares, y con todavía menos autoridad para entender o proponer el mejor enfoque de las historias. Además, me tocaba lidiar con personal. Entonces, pedí y pedí que me mandaran a la calle hasta que lo logré. Y haciendo el trabajo parroquial comencé a descubrir el Miami subterráneo. Uno llega acá y ve a esta ciudad con sus luces de neón, toda superficial, pero hay una vida clandestina muy interesante. Y no hay otra ciudad en la que se sepa más de América Latina que en Miami. Ni en Buenos Aires ni en México D.F. Aquí uno llega a una reunión y siempre hay alguien de América Latina; por fuerza, uno se entera de lo que está pasando en los otros países. Y eso se convierte en un punto de vista más amplio.

Fue una época fascinante en la que encontré personajes increíbles que me permitieron hacer lo que a mí más me gustaba: investigación o crónica. Como la historia de la muchacha de Medellín que se enamora de Paul Castellano, el jefe de la mafia de Nueva York. O la historia de La Mariposa, la lavadora de dinero colombiana que se enamora de uno de los agentes que la persiguen, crónica de la que hoy hay una telenovela. Todas estas crónicas las recogí en el libro Made in Miami, publicado en el 2000.

Después comencé a salir más. A cubrir América Latina, desde elecciones hasta accidentes aéreos. Y desarrollé una serie de relaciones laborales con periodistas latinoamericanos para compartir la información de sus países que me servía acá, y la información que yo tenía acá que a ellos les servía allá. Fue un networking muy útil para mí. Sin la ayuda de mis colegas latinoamericanos no hubiera podido hacer muchas de las historias que escribí.

Ese trabajo en red ha sido uno de tus logros más comentados por las agremiaciones periodísticas. Para solo citar un caso, recuerdo que en 2009 la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano te llevó a Bogotá para que lo explicaras. ¿Cuál fue exactamente el origen de esta red y cómo la tejiste?

Tuvo que ver mucho la escritura de mi primer libro: Periodismo de investigación, publicado en 1993. En él recaudé todas las experiencias de periodistas investigativos de Estados Unidos y de América Latina. Y tuvo un éxito que me sorprendió: alguna vez en la Patagonia conocí a una profesora de periodismo que enseñaba con ese libro. Como los periodistas investigativos en América Latina eran muy pocos y este libro era el primero que hablaba sobre el tema, me hizo muy visible con ellos y me empezaron a llamar.

Por mi parte, yo había comenzado a desarrollar un manual de acceso a bases de datos en Estados Unidos para periodistas de América Latina. Y ese manual fue viajando de boca en boca y me empezaron a invitar a dar conferencias en todo el subcontinente. Luego, me invitaron a crear unidades investigativas también en varios países. Y en esos viajes fui conociendo a los periodistas de cada país: quién era el especialista en narcotráfico, en lavado de dinero, en corrupción política, en deportes. Después, cuando necesitaba una información precisa acudía directamente a quien la tuviera. Mi conclusión es que ir a esas conferencias es útil, pero es más útil la conversación en los pasillos con los colegas para saber en qué están trabajando y qué han hecho.

En el periodismo investigativo anglosajón suele haber un equilibrio entre la rigurosidad y la exhaustividad, y la escritura sofisticada. Por lo que uno lee en los reportajes investigativos premiados por el Instituto Prensa y Sociedad —el premio más importante en América Latina de este tipo de periodismo— y los que se publican en Colombia, uno puede concluir que no existe ese equilibrio. Sí hay investigaciones reveladoras escritas de manera refinada, pero son excepciones. La regla parece ser: muy buenos investigadores, regulares escritores; o muy buenos escritores pero investigadores perezosos…

Sí, puede ser. A veces pasa que el tema es tan denso que el periodista no puede lucirse con la escritura. Pero probablemente a ti te debe sonar mejor la lectura de reportajes investigativos en ingles porque en este idioma la sencillez es más fluida. Aquí no tienen problema haciendo solamente párrafos con frases de sujeto, verbo y predicado. Uno tras otro. Creo que el genio de esa escritura es Marc Bowden, el autor de Black Hawk Down y de Killing Pablo. En Black Hawk Down narra cosas muy dramáticas con frases de no más de diez palabras.

Aunque no me refiero a ese laconismo de Bowden, sí me refiero a la economía de palabras. Me da la impresión de que en América Latina todavía no hemos llegado a ese equilibrio: por más densa que sea una investigación, escribirla con una cuidada economía de palabras.

Yo creo que América Latina no está tan lejos de eso. En Colombia, en Centroamérica, hay mucha gente que ha tenido la escuela de acá. Quizás en Argentina no. Allá tienen un problema: en aras de entretener al lector, novelizan situaciones que el periodista no atestiguó. Pero en general, la región ha ido elevando la calidad de la escritura porque los periodistas se han convencido de que esa es la mejor forma de contar las historias.

Regresando el tema del El Nuevo Herald, ¿tenía unidad investigativa?

Era una unidad porque solo era uno: yo era el único que tenía el privilegio de trabajar investigando.

¿Tuviste algún problema de censura con los dueños del periódico?

Nunca. Eso aquí tiene otro precio. Si un editor le dice a un reportero: “Ese tema no va porque afecta a un anunciante, a un amigo o a un político que estamos promoviendo”, eso tiene un costo profesional tremendo que después lo cobran en otro lado o en una revista especializada. Aparte de eso, aquí las familias no están cuidando su negocio metidas en las salas de redacción, como lo hacen en nuestros países. Y eso facilita el trabajo. Y puedo decirte que escribí sobre temas muy sensibles. Una vez denuncié como Jorge Mas Canosa, el cubanoamericano más poderoso de los Estados Unidos, organizó un atentado contra Fidel Castro en una Cumbre de las Américas celebrada en isla Margarita. Y nadie vino a decirme: “No te metas con Mas Canosa, que es el héroe de nuestra comunidad”. Al revés, me estimulaban: “¿Qué tienes nuevo para mañana?”. Y llegó el momento en que mis investigaciones las publicaban en ambos periódicos.

¿Firmabas los artículos de periodismo investigativo?

Sí.

Esa es otra cuestión que me llama la atención. En el periodismo gringo suele ocurrir que los periodistas investigativos firman sus reportajes. Aunque hay excepciones, en América Latina en general los periodistas investigativos parecieran estar obligados a ser invisibles, a no firmar. ¿Cómo explicas esta situación? ¿Protección, búsqueda de una pretendida neutralidad u objetividad, o preferencia de los mismos reporteros a no firmar?

Como te dije antes, los artículos publicados por la Unidad Investigativa de El Tiempo aparecían bajo un logo inquisidor de un ojo abierto, pero nadie firmaba. No sé realmente cuál era la política. Quizás que se trataba de un trabajo de equipo y que ninguno de nosotros quería protagonismo. Fueron diez años de anonimato. El único conocido era Daniel Samper, el director del equipo. Creo que por las mismas razones, los reporteros de las unidades investigativas de El Comercio de Lima y de La Nación de Costa Rica, no figuran en las historias. Como jurado del premio del Instituto de Prensa y Sociedad, puedo decir que esa tendencia está desapareciendo, no sólo porque han desaparecido los equipos de investigación, también porque el hecho de que el nombre del reportero encabece el reportaje (estoy pensando en Daniel Santoro del Clarín o en Hugo Alconada de La Nación, ambos de Argentina, Gustavo Gorriti de Perú o Duda Teixeirale de Brasil), de entrada le da credibilidad a la historia.

De El Nuevo Herald pasaste a The Miami Herald. ¿Cómo diste ese paso?

Felipe López, el dueño de la revista Semana, me había ofrecido la dirección de la revista. Yo había aceptado, había comprado ropa para el frío bogotano y había matriculado a mi hijo en el colegio. Pero en el último momento, el director de The Miami Herald, Alberto Ibargüen, me dijo: “¿Qué quiere para quedarse?”. “Quiero ser parte del equipo de investigación de The Miami Herald”. “Muy bien, adelante. Además nos conviene porque no hay nadie que hable español y que traiga temas latinoamericanos”. Al principio no me fue muy bien. El editor no tenía ni idea de América Latina y a pesar de que vivía acá no hablaba español. Me tocaba contarle la historia patria de cada país y de cada tema para que entendiera la importancia. En una de esas, se presentó la oportunidad de trabajar en la investigación que terminó siendo premiada con el Pulitzer.

Para el momento del Pulitzer ya venías trabajando en la biografía de Julio Mario Santo Domingo. ¿Cómo habías llegado al tema?

En El Nuevo Herald yo me había especializado en los temas de corrupción de América Latina que tenían importancia acá (los grandes escándalos de la región casi siempre tienen un prólogo o un epílogo en Miami). En muchas ocasiones, estas investigaciones terminaban enredando a una familia poderosa de cada país. Entonces comencé a recaudar información acerca de cómo esta gente había acumulado su fortuna y acerca del estilo de cogobernar cada uno de sus países. Los Santo Domingo en Colombia, los Cisneros en Venezuela, los Novoa en Ecuador, y otras familias más. Finalmente, me incliné por el tema de la familia colombiana, porque mi país es el que más conozco y porque Julio Mario Santo Domingo, voluntaria o involuntariamente, presentaba su imagen como un desafío: el del hombre que no quiere darle explicaciones a nadie de lo que hace o deja de hacer, el del tipo que manda sobre congresistas, ministros y medios de comunicación. Y luego de haber hecho el inventario de lo que había publicado la prensa nacional sobre él, descubrí asombrado que nadie había escrito una historia completa y balanceada acerca de este señor. En Colombia, la idea de escribir un perfil era sinónimo de construir un pedestal. No la de mostrar a un ser humano. Y los artículos sobre Santo Domingo siempre lo hacían ver, usando la manida expresión, como un rey midas. “Es que él tiene el toque de Midas”, una forma fácil y cómplice de resumir otras facetas del personaje en las que hay talento pero también puntos oscuros.

¿Tenías una idea clara de cómo emprender una investigación tan colosal o fuiste resolviendo contingencias del día a día?

El método para emprender esta investigación estuvo determinado por mi actitud. Yo tenía un gran temor a que el proyecto resultara un fiasco. Cuando comencé los primeros borradores, dentro de mí escuchaba los futuros comentarios de los críticos colombianos ridiculizando el libro, atacándolo, voces diciendo: “Julio Mario Santo Domingo merece un trabajo más profundo, más elaborado”. Entonces, me propuse metas muy altas, que hoy veo ficticias, para poder enfrentarme a la crítica en Colombia. Ese temor determinó un método muy estricto y exhaustivo, denso en algunas cosas. Yo me iba a enfrentar al hombre más poderoso de nuestro país, quien leería con lupa el libro para tratar de desbaratarlo en los tribunales. Por eso yo debía ser capaz de probar lo que iba a decir.

Además, me atuve a la teoría del gran periodista y escritor de biografías de este país: Robert Caro. Cuando él fue a escribir la vida del presidente Lyndon Johnson propuso este principio: “El tiempo es igual a la verdad”. Tardó siete años haciendo esa investigación. No dejó fuente ni documento sin leer. Y esa fue mi referencia: entre más tiempo yo dedicara a investigar la vida de Julio Mario Santo Domingo más sabría de él.

¿Qué quieres decir con que te fijaste metas que hoy ves como ficticias?

Puedo sonar inmodesto. Lo que trato de decir es que yo esperaba que llovieran críticas a favor y en contra del libro. Pero me di cuenta de que la gente que generalmente escribe las críticas no le metió muela a mi libro y no supe por qué. Mis metas ficticias eran trabajar mucho para poder defenderme de hasta la más fuerte crítica. El hecho fue que no llegó ninguna. Y tampoco ninguna amenaza de demanda del Grupo Santo Domingo.

¿Negociaste con el periódico el tiempo requerido para investigar y escribir el libro, o ellos solo se dieron cuenta del trabajo apenas fue publicado?

Cada que yo salía a cubrir temas de Colombia y Venezuela para el periódico, también investigaba los temas de mi libro. Me imagino que en el periódico sabían, pero no les importaba; no me decían nada. Al final, me dieron una licencia no remunerada de tres meses para la etapa final de la escritura. A parte de eso, cuando yo llegaba del periódico me encerraba a trabajar hasta las dos o tres de la mañana, y los fines de semana.

 

 

¿Cuál fue el primer paso de la investigación?

Empecé como yo empiezo cualquier investigación: haciendo una cronología que marqué con el nombre “Crono Julio Mario”. Si en mi computador buscas archivos con la palabra “Crono” encontrarás muchísimos, uno por cada investigación. Yo no comienzo una historia si de antemano no conozco su desarrollo en el tiempo. En esa cronología inicial, que fue de unas doscientas páginas, no solo puse: “1981: Julio Mario viaja a la China y es nombrado embajador”, también puse un bloque de información sobre el contexto sociopolítico de Colombia y el mundo en cada fecha.

En esta reedición, comienzas contando que el momento en que estuviste más cerca del magnate fue en el vestíbulo del edificio del 740 Park Avenue, en Manhattan, cuando un ujier te recibió una nota en la que le pedías al magnate una entrevista. Faltaban tres meses para terminar de escribir el libro. Luego, explicas que ese fue el último de muchos intentos por contactarlo. ¿Qué me podrías contar de esa búsqueda infructuosa por entrevistar cara a cara al protagonista del libro?

Estoy seguro de que Santo Domingo supo que yo lo estaba buscando para entrevistarlo desde que viajé a Barranquilla a hablar con sus amigos cercanos y lejanos, e historiadores de la ciudad. Intenté que el fotógrafo Hernán Díaz, que pasaba vacaciones en el apartamento de Santo Domingo en Nueva York, lo convenciera. Hablé con su ex esposa brasilera. Otros amigos suyos que no puedo mencionar también hicieron el esfuerzo de persuadirlo de que me recibiera. Mis peticiones escritas se las enviaba por correo certificado a su apartamento de Nueva York y a las oficinas de Bavaria en Bogotá, donde también llamé varias veces para pedir la entrevista. Finalmente, él decidió dejar en manos de una firma de consultaría privada si respondía o no a mi petición, y el consejo de la consultora fue que se quedara callado. Siempre pensé que no me iba a recibir. A Santo Domingo, nunca le gustó darles explicaciones a nadie y menos a un periodista.

Yo encuentro tres hilos conductores a lo largo del libro. Uno es la historia familiar de Santo Domingo: la de su ascendencia y la de su descendencia. Otro hilo conductor es su historia como magnate, desde que es el principal heredero de una gran riqueza hasta que se convierte en un pulpo, como él mismo se le presenta a uno de sus nietos. Y el tercer hilo conductor es el de ser el macho alfa de su generación.

Ahora que los dices, los veo. Pero no me los propuse deliberadamente.

Si no te los propusiste con antelación, ¿fueron resultado inevitable de la investigación?

Creo que fueron el resultado del mismo personaje. En los momentos más importantes de su vida, siempre se revelaban estas tres características.

¿De qué manera controlaste el equilibrio entre estos tres hilos conductores para que alguno no terminara por opacar a los otros?

Siempre traté de equilibrar su faceta personal, su aproximación más subjetiva al mundo, con la proyección más mundana: su manera de hacer negocios, sus intrigas y sus maniobras irregulares. Siempre fui consciente de equilibrar estas dos caras y siempre con la escasez de la primera; de la otra siempre tuve más material.

Ahora que dices que de su faceta personal siempre tuviste menos información, pienso que en el libro esta faceta del magnate no escasea. Es notoria. ¿Qué me puedes contar de esta parte de la investigación?

Hay un libro escrito por una de las víctimas de Julio Mario en el que me enteré, por ejemplo, de que el magnate se sometió a un tratamiento para alizar el pelo porque sufría mucho siendo crespo. Ese libro se llama El ocaso de José Marco, de J.J. García. Ya no recuerdo si el magnate le había tumbado tierras o dinero al padre del autor. Ese libro estaba narrado y presentado como si fuera ficción, por ejemplo Radio Caracol era Cadena Escargot, y Julio Mario era José Marco. Y luego comprobé que sí, que lo narrado ahí era cierto. Y había otro libro que también contaba cosas así llamado Refajo de Avianca, de Roberto Gómez Caballero. En esas lecturas llegué a una fuente que ya murió y ahora no creo que tenga problemas en nombrarlo: José Barco Vargas. El hermano del presidente Virgilio Barco Vargas. Me ayudó mucho porque había quedado envenenado con Julio Mario. Era uno de los amigos de su vida personal, le conoció amigas y parrandas. Pero no soportaba que el magnate lo mandara a servirle un whisky. “¡Se lo sirve usted!”, respondía. Siempre mantuvo su lugar pues eran de la misma clase social.

Dado el poder del personaje, creo no equivocarme al decir que fueron más las fuentes que hablaron contigo Off the record que las que te hablaron On the record. Cuando en una investigación periodística, la mayoría de las fuentes son Off the record el periodista corre el riesgo de que le den datos y testimonios falsos o no del todo ciertos. Pero en el caso de este libro haber verificado cada fuente Off the record como manda la regla (con dos o tres fuentes más que coincidan en los hechos) te hubiera llevado el doble de tiempo llegar a un punto final. ¿Corriste el riesgo de no verificar una que otra fuente Off the record?

El principio que apliqué fue: ningún episodio grave, serio, que hubiera marcado o transformado la vida del personaje, sobre todo en la parte de sus maniobras oscuras, podría estar basado en una sola fuente y menos en una fuente Off the record. Las fuentes no identificadas las usé para asuntos, llamémoslos, no trascendentales. Hechos de su vida íntima. Si no verifiqué algún dato dado por alguna fuente sin identificar fue porque no era un episodio definitivo en la vida del personaje.

¿Cuántas entrevistas realizaste?

Unas cien entrevistas. Me volví cansón. A toda reunión a la que llegaba en Colombia, sutil o descaradamente ponía el tema de Julio Mario Santo Domingo. El más mínimo detalle me servía. Y me funcionó: siempre había alguien o que conocía a alguien que había sido víctima del magnate o que había sido favorecido por el magnate.

¿Tenías una lista básica de fuentes y estas te llevaron a otras. O cómo llegaste a esas cien personas?

Sí, tenía una lista básica de unas veinte personas. Dentro de la carpeta total del libro tenía el archivo de los documentos legales, de las notas de prensa, de la cronología y uno llamado “Por hacer”. En este documento anoté las entrevistas pendientes. Mi estilo es escribir sin tener todo. Después lleno lo que haga falta. Si no, nunca podría terminar un libro. Para escribir un libro hay que sentarse a escribir. La gente tiene la idea de que primero hay que acumular muchas cosas. Pero si uno no se sienta a iniciar el borrador, nunca arrancará. Entonces, mientras avanzaba iba descubriendo qué entrevistas me hacían falta. Cada entrevista era como dice la canción de la culebra: “La mato y aparece otra mayor”. Siempre me decían: “¿Usted no sabe que Julio Mario Santo Domingo hizo tal cosa o estuvo en tal parte con fulano de tal?”. Y eso me mostraba más entrevistas pendientes. Pero llegó el momento en que tuve que parar. Es decir, yo no llegué al final. No sé si este libro sea el… creo que esto puede ser el 50 por ciento de la vida de Julio Mario Santo Domingo.

¿Luego de haber puesto el punto final de la investigación y de que vieras tu libro impreso, tuviste la sensación de que te faltó entrevistar a alguna otra fuente?

Sí. Me pasó con Jorge Ferro Mancera. El contador que se llevó a la tumba todos los secretos de Julio Mario Santo Domingo. Yo tuve una primera conversación con él. Estaba reacio, pero me dio algunos datos. Me decía: “No está interpretando bien tal cosa”. Me di cuenta de que ese señor sabía mucho. Y muchas cosas que yo investigaba confluían en él, en el hombre que le organizaba la contabilidad al magnate. ¡Imagínate la Biblia que era! Pero no estaba dispuesto a hablar. Lo que yo me recriminé es que no insistí lo suficiente. Y nunca hice la asociación de que su hijo, Juan Pablo Ferro, periodista deportivo de El Espectador, me hubiera podido ayudar porque no sabía que era su hijo.

También me hubiera gustado hablar mucho más con el turco fundador de Atlantic Records, Ahmet Ertegün. Ese señor sí debía conocer muchas historias de Julio Mario Santo Domingo, de sus años de fiesta en clubes de jazz, de sus amigas. Pero apenas logré hablar con él un minuto. Luego, no volvió a pasar al teléfono.

Me imagino que la mayoría de esas cien personas entrevistadas fueron muy difíciles de convencer para que hablaran. ¿Hubo alguna entrevista en la que no te pusieran condiciones y hablaran sin temores?

A todos tuve que conquistarlos, con todos tuve que hacer acuerdos: hasta dónde iba Off the record, hasta dónde iba On the record. No recuerdo una entrevista en la que no me hubieran hecho apagar la grabadora o en la que no me hubieran lanzado advertencias del tipo: “Si dice eso o me lo adjudica a mí, no lo vuelvo a ver a usted, no lo vuelvo a saludar”. Hubo muy pocas entrevistas con personajes suicidas, a quienes les importaba un carajo decir lo que dijeron. De estos últimos recuerdo un intelectual barranquillero que me dijo que en esa ciudad todavía se hablaba en voz baja de Santo Domingo y la gente miraba a todos lados antes de mencionar su nombre. Otro de los personajes que habló sin medir las consecuencias y que probablemente le debieron llamar la atención después fue Juancho Jinete. Llevaba a Julio Mario y a Álvaro Cepeda Samudio a jugar al casino de Cartagena. Luego de entrevistarlo, me llevó a una casa en Puerto Colombia y me señaló dónde se sentaba Julio Mario Santo Domingo, dónde colgaba la hamaca para echarse a leer cuánto subían o bajaban las acciones, el cuarto donde dormía cuando era joven y dónde se acostaba la mamá. Pero hay entrevistas con personas que todavía hoy no puedo revelar su identidad, a quienes dediqué todo un proceso de acercamiento e insistencia.

De las entrevistas On the record, hay algunas que me causan mucha curiosidad por cómo las obtuviste. Por ejemplo, ¿cómo conseguiste el teléfono de la primera esposa de Santo Domingo, la aristócrata brasilera Edyala Braga?

No recuerdo cómo lo conseguí. Pura suerte de periodista. Y pudo haber sido algo tan sencillo como que su nombre aparecía en el directorio telefónico. Varias las conseguí así.

Otra que también parece muy difícil de conseguir. La entrevista con Phil Drake, el amigo de Julio Mario Santo Domingo en la Academia Philips, quien hoy es un altísimo ejecutivo de la empresa Cummings & Lockwood.

En este país a un periodista no le queda tan difícil conseguir declaraciones. La gente está dispuesta a hablar con periodistas. No hay tanta prevención como en Colombia. Además, ese ejecutivo debe ser tan poderoso como Julio Mario y lo que le diga a un periodista colombiano prácticamente ni lo tocará.

Además de las entrevistas, en este libro se nota una vasta investigación de documentos de archivo. Con la dificultad que supone pedir documentos a entidades del sector privado y que en la mayoría de los casos un periodista no se hace a ellos sin no le son filtrados. ¿Cómo conseguiste actas de reuniones, actas de asambleas, libros de contabilidad, notas de gerencia y similares?

Sí la compañía es una sociedad anónima no es tan difícil acceder a estos documentos. Cualquier accionista, así solo tenga dos acciones, puede participar en la asamblea general y pedir copia de las actas. Hubo actas que estaban por ahí en manos de gente que guardaba acciones de Bavaria sin ningún valor y hubo otras que conseguí escarbando en la Superintendencia de Sociedades. Además, las sociedades anónimas tenían la obligación de publicar los balances en los periódicos. Otros documentos, los que tenían que ver con el movimiento cambiario, los pedí por encima de la mesa y otros más me los facilitaron.

Según el libro, hay un suceso que fue el punto de giro en la vida del magnate. De tal importancia que tú le dedicas un capítulo completo y sigues mencionando el suceso en otros capítulos. Hablo de la asamblea de accionistas de Bavaria en el Teatro Olimpia.

Ese fue el capítulo que más disfruté. Y como dices, esa asamblea fue el quiebre. El momento en que la cervecería Águila, de Barranquilla, empresa de la familia Santo Domingo, se adueñó de las acciones de Bavaria.

¿Cómo hizo la familia Santo Domingo para adueñarse de Bavaria que era una sociedad anónima?

Julio Mario había encargado a un grupo de personas para que buscaran por todo el país a los accionistas de Bavaria y los convencieran de firmar un poder para que él fuera su representante en la asamblea. Ese grupo fue hasta el pueblo más remoto en busca de accionistas. Y con tiquetes de Avianca les pagaron a otros miembros de la asamblea para que fueran a Barranquilla a firmar. En ese momento, a esos poderes se les llamó “Poderes de ventanilla”.

Días antes de la asamblea, el presidente Carlos Lleras Restrepo que también era accionista de Bavaria advirtió que se estaba fraguando un gran golpe contra la cervecería. A pesar de eso, Julio Mario llegó a la asamblea como el representante del mayor número de accionistas. Y tras las votaciones, salió triunfador como cabeza de la junta directiva.

Los poderes de ventanilla eran una práctica generalizada en el país. Pero esa asamblea en el Olimpia fue el gran descaro. Incluso, se comprobó que algunos de esos poderes eran falsos. Por orden de Santo Domingo y luego de que le fueran útiles para hacerse elegir, fueron quemados. Como este esquema le dio éxito, lo repitió en otras sociedades anónimas hasta apropiarse de ellas.

Por eso, cada vez que me preguntan por el ejemplo que dejó Santo Domingo luego de muerto, respondo que es precisamente no repetir su ejemplo. Él perteneció a una generación de empresarios que destruyó con engaños el modelo de la sociedad anónima en Colombia, que era un modelo democrático de propiedad del capital. Donde ricos y pobres eran dueños de las empresas. Mediante los poderes de ventanilla y la falsificación de muchos de esos poderes, Santo Domingo, primero, asumió el control de la junta directiva; luego, la administración de la empresa; y, finalmente, el dominio de las acciones. La consecuencia de la destrucción de la sociedad anónima fue lo que hoy vemos: un aumento grotesco de la concentración de la riqueza y la consolidación de los monopolios.

Ahora, lo interesante es que este capítulo en mi libro es demostrativo no solo del manejo frío de los poderes, también del arte de la seducción de Santo Domingo. Apenas tuvo el control sobre la junta directiva de Bavaria, el presidente de la cervecería que era Alberto Samper terminó cargándole el maletín al magnate. Hasta que el magnate terminó sacando al pasillo el escritorio del presidente. Muchos de los hombres que rodeaban a Santo Domingo, lo admiraban y sentían por él atracción física sin que ninguno fuera homosexual.

Y casi todos terminaron distanciados del magnate.

Augusto López, Barco Vargas, Cornelissen. Como lo digo en el primer capítulo del libro: creo que todos los que fueron presidentes de alguna compañía de Santo Domingo, incluyendo sus sobrinos, salieron por la puerta de atrás. Tal vez el único que siguió siendo amigo leal de Julio Mario fue el negro Pedro Bonnet. Julio Mario tenía la obsesión de que todo el mundo lo quería tumbar o de que ya lo estaban tumbando. Y a veces tenía razón. Como movía tanta plata, eran muchos los negocios que se podían hacer sin que nadie se diera cuenta. Y Julio Mario quería todo el dinero para él.

¿Cómo reconstruiste con tanto detalle esta asamblea de accionistas en el Teatro Olimpia?

En esa época, el periódico El Tiempo cubría la asamblea de Bavaria como si fuera un acontecimiento igual a la inauguración del Congreso. Había cronistas que sin preocuparse por la extensión del artículo la narraban con lujo de detalles.

La reconstrucción de ese capítulo fue una combinación afortunada entre una gran crónica de El Tiempo (de la que ya no recuerdo el autor), las entrevistas que hice a tres o cuatro personas que participaron en esa asamblea, a otros que estuvieron junto a Santo Domingo dirigiendo el show, más documentos de archivo.

Una de las conclusiones que deja el libro y que es una idea que te he escuchado en otras ocasiones, es que Santo Domingo era uno de esos magnates latinoamericanos que se creían y actuaban como caudillos. Un convencido de que el desarrollo del país se lo debíamos casi todo. Y ahora que me acabas de aclarar que Santo Domingo siempre creía que lo estaban traicionando, encaja muy bien con la figura del caudillo político que muere convencido de que el país fue gracias a él y que siempre lo estuvo acechando una conspiración para derrocarlo. En el libro Los magnates de América Latina, del que fuiste compilador, tú defines esta situación como “Capitalismo caudillista”. ¿El caso de Santo Domingo fue quizás el más representativo de esta clase de magnates en América Latina? ¿O su caso es igual al de los Noboa en Ecuador, los Cisneros en Venezuela y al resto de magnates?

Son iguales. Es su común denominador. Por eso usé ese término para incluirlos a todos. Sus imperios económicos funcionan alrededor de ellos y las decisiones no se toman corporativamente. Tal vez ahora, el Grupo Santo Domingo sí, porque sus hijos creen más en la mentalidad corporativa. Pero en la época de Julio Mario los magnates tomaban las decisiones porque les salían de las entrañas. Si se equivocaban, el error era de otros. Si acertaban, el éxito era de ellos. Todos se sentían pioneros en su país: “Mi padre fue el primero en traer el chicle a Colombia”. Como se veían infalibles, no se podían incomodar consultando con una junta directiva. Y la junta terminaba siendo decorativa.

¿Es un elemento de la economía política latinoamericana o en Estados Unidos también ha ocurrido algo así?

Seguro ocurrió con los magnates de comienzos del siglo XX. Con los Rockefeller. En esa primera etapa del capitalismo desaforado en este país, estos personajes tomaban las decisiones sin consultarlas.

El libro lo terminaste en 2002 y fue publicado a mediados de 2003. Hubo una tardanza inesperada para encontrarlo en librerías. Y alguna vez te escuché decir que el grupo Santo Domingo intentó restringir la circulación del libro. ¿Qué pasó exactamente?

Lo que pasó me lo mantuvo en secreto la editorial hasta que en una feria del libro en Guadalajara uno de los altos directivos de Ediciones B me contó que un abogado del Grupo Santo Domingo se había presentado en la oficina principal de la editorial en Barcelona ofreciendo comprar toda la edición. Que pusieran un precio. Santo Domingo quiso aplicar lo que había hecho siempre: callar a la gente a la que no quiso escuchar. La editorial respondió que esa no era la manera de trabajar de ellos, que no le iban a vender toda la edición. Pero esa no fue la razón de la demora. Después supe que se debió a cambios estructurales dentro de la editorial.

El libro finalmente salió y circuló en Colombia. Pero me dio la impresión de que no tuvo un mercadeo suficientemente publicitado. Y duró muy poco en librerías. Algunos libreros me contaron que no duró ni un semestre. ¿Qué pasó?

Que nadie quiso comentar el libro: El Tiempo publicó una breve reseña y poco después Luis Fernando Santos reunió a los redactores y les dijo que ni una palabra más del libro porque el Grupo Bavaria iba a retirar la pauta. El Espectador tampoco dijo ni una palabra. Imposible, porque el dueño del diario ya era el mismo Julio Mario. En Caracol Radio, en el programa La Luciérnaga, curiosamente, hicieron cositas porque allí trabajaba un periodista víctima de Julio Mario. Julio Sánchez Cristo, cada vez que me llamaba antes de la publicación, me preguntaba “¿Cómo va el libro?”. Y una vez al aire me preguntó si Augusto López había sido mi fuente. Pero ni el día que se publicó el libro ni a partir de allí volvió a mencionarlo. Total, los únicos comentarios conocidos fueron el de Antonio Caballero y el de María Isabel Rueda, que fue el más injusto, pues dijo que el libro era de chismes. Se nota que no lo leyó. Lo que pienso es que hubo una indiferencia calculada de los medios de comunicación: no hablar de un libro que podía traer problemas.

Pero el libro se vendió todo.

Se vendió por radio bemba. En el voz a voz. Lo satisfactorio es que con esta nueva edición se ha ido regando mucho más el mensaje.

Me parece que esta reedición salió en un momento en que ya no existen los mismos velos que había en 2003. Quizás, los medios ya no tengan la presión que tenían en esa época.

Probablemente. Ese 2003 era una época en la que había que enfrentarse al magnate. Y Julio Mario Santo Domingo no quedaba tranquilo hasta que no lograba que su enemigo comiera de su propia mano. El gran ejemplo fue Rudolf Homes: Homes fue uno de los adalides en la lucha que se dio en el Congreso contra el monopolio que planteaba Bavaria en materia tributaria. Y a la larga, ese adalid terminó siendo asesor de Santo Domingo.

Otro de los hechos curiosos suscitados a raíz de este libro, fue la descalificación por parte de algún sector de la prensa cuando dijo que esta investigación había sido dictada por los enemigos de Julio Mario Santo Domingo. Me atrevo a decir que esta actitud es consecuencia de una de las tantas carencias del periodismo en nuestro país. Como estos libros o estas investigaciones casi no se hacen o para nada se hacen, cuando alguna vez sale alguna se recibe como un acaecimiento. Otra sería nuestra actitud si más periodistas se dedicaran a hacer trabajos de esta naturaleza. ¿Cómo lo explicas tú?

Totalmente de acuerdo. Y quiero agregar que esa costumbre de descalificar es también consecuencia de que la gente juzga por su condición. La gente piensa que no puede haber periodismo independiente porque nunca lo ha habido. Como la gente de Colombia está tan acostumbrada a la agenda cotidiana de los medios, se desubica cuando un periodista independiente denuncia hechos de Uribe y luego de Santos y más tarde de Pastrana y al tiempo los de Gaviria. Entonces, la gente no logra ubicar a este periodista dentro de un partido político o dentro de un grupo económico o no le descubre preferencia alguna, y comienza a preguntarse “¿quién está moviendo a este periodista?, ¿qué será lo que busca?”.

Volviendo al tema de la indiferencia calculada de los medios, hay un episodio que tú cuentas en la introducción de esta reedición. Por llamarlo de alguna manera, el choque que tuviste con Felipe López. Aquella primera edición iba a ser portada de Semana e iba a tener un amplio cubrimiento en páginas interiores. Y finalmente no. ¿Qué pasó?

El más entusiasta era el director de la revista, Alejandro Santos Rubino. Él me llamó y me dijo: “Su libro va a ser portada. Me encantó, una investigación así de seria no se había escrito en Colombia”. “Qué bueno”, le dije. Pero cuando Felipe López tuvo la edición en su mano, cambió la portada de la revista y no publicó ni el artículo ni la reseña en la sección de libros.

¿Qué le molestó tanto a Felipe López?

Lo supe hace poco. Cuando yo le mostré el capítulo donde hablaba de él y sus peleas con Santo Domingo, me explicó que le incomodó mucho el fragmento que decía que él estaba obsesionado con Julio Mario Santo Domingo. Era tal la obsesión, que Felipe López sabía con quién se acostaba el magnate y si en ese momento tenía barba o estaba afeitado. Yo le dije: “¿Por eso fueron diez años de indiferencia suya?”. Me dijo: “Sí. Cuando yo vi ese fragmento, tiré el libro al suelo y no quise saber nada más del tema”. Entonces, para esta reedición hice el cambio: si tú comparas la primera edición con esta, verás que ese fragmento ya lo quité. Y le dije a Felipe López: “Pero no voy a quitar que por eso, ustedes me borraron de la bandera de Semana como asesor editorial y nunca más publicaron nada del libro”. Aun peor, después publicaron en la revista fragmentos del libro y no me dieron el crédito.

Yo pensé que la incomodidad de Felipe López era a raíz de un momento en que su papá, Alfonso López Michelsen, narra que el viejo Santo Domingo lo apoderó para defender al resto de la familia de la avaricia del joven Julio Mario.

¿Tú pensaste que fue esa parte la que molestó a Felipe López?

Así es. Porque no era poca cosa que un expresidente de Colombia se refiriera en esos términos del máximo empresario colombiano, quien además era su pariente. Y como tú hiciste esa entrevista con el expresidente gracias al mismo Felipe López...

Como te dije antes, yo hice todo tipo de acuerdos con mis fuentes. Y con Felipe López igual. Su padre me dio una entrevista de toda una tarde acá en Miami. Entrevista de la que sigue inédita un 40 por ciento. Días después, Felipe me empezó a preguntar qué había dicho su padre. Cuando le conté, Felipe entró en pánico. “¡Cómo fue papá a decir esto!”. Peleamos frase por frase para recuperar cosas que finalmente quedaron en el libro. Con todo y eso, Felipe botó la amistad por una o dos frases.

¿Estoy entendiendo que ya no son amigos?

Pues… de vez en cuando él me llama a hacerme alguna consulta. Pero antes hablábamos con mucha frecuencia y varias veces me ofreció subirme el sueldo para que yo fuera el director de Semana, me llevó a conocer el edificio de Semana cuando estaba en construcción. Era una amistad de mucha generosidad.

¿Haberte radicado en Miami y haberte vinculado a un medio de comunicación gringo, te permitió hacer este libro? ¿Si hubieras seguido en Colombia trabajando con El Tiempo, lo hubieras podido hacer?

No sé. Hipótesis retroactivas no sé hacerlas. No sé si hubiera tenido riesgo de perder mi trabajo o no sé si hubiera tenido la suficiente distancia para haber visto esta historia. También hay que tener en cuenta que las técnicas de investigación que uno adquiere en este país, a través de bases de datos y en internet, fueron muy importantes para esta investigación.

Quizás la más sólida justificación que has dado para haber emprendido este libro es que los magnates terminan decidiendo sobre muchas de las cosas cotidianas de las personas del común. En el caso de Santo Domingo, lo resumes así:

Por ello, cuando un ciudadano de a pie se detiene en una esquina de cualquier ciudad de Colombia, seguramente encontrará alguna manifestación actual o reminiscente de ese imperio: una valla de cerveza Águila; un restaurante Presto; el diario El Espectador colgado del techo de un puesto ambulante donde se venden jugos Tutti Frutti y agua Brisa; la voz paisa de Darío Arizmendi, el director de Caracol Radio, o el paso de un avión de Avianca. Y lo más probable también es que tanto el alcalde de esa ciudad como el equipo de fútbol, el senador y el representante a la Cámara de su departamento hubieran sido patrocinados por don Julio Mario Santo Domingo, un hombre a quien ellos jamás vieron pero que estuvo ahí, en sus vidas cotidianas y en otros paisajes más imperceptibles de la economía, influyendo en sus decisiones diarias, en el agua que toman, en las noticias que los asombran, en el presidente que los gobierna, en el carro que manejan y en las bebidas con que se emborrachan…

 

Pero ponerlo en esos términos pareciera ir en el mismo sentido de las teorías de la conspiración, a lo Club Bilderbergh de Daniel Estulín.

No creo —risas—. No creo que llegue a ese nivel de sofisticación. Yo creo que la gente tiene derecho a saber sobre estos personajes. Sin tener un poder político formal, los magnates pueden cambiar y determinar la vida de una comunidad. La gente tiene derecho a saber quiénes son esos personajes, por qué están ahí, cómo llegaron, quién los ayudó. No son teorías conspirativas, son hechos. Robert Caro hizo una biografía de un urbanizador de Nueva York que construyó un puente que podría ser más corto, pero lo hizo pasar por cierto sector para valorizar unos inmuebles que había comprado William Ramdolph Hearst. Hoy en día los neoyorquinos tienen que manejar su carro entre cinco y quince minutos diarios más porque un hombre a quien tal vez hoy muchos no lo hayan oído nombrar se le ocurrió alargar un puente solo por interés personal. Casos así hay miles en las vidas de estos magnates de América Latina. Para bien o para mal o en forma arbitraria o filantrópica, muchas de sus acciones han cambiado la vida de la gente sin que la gente se dé cuenta. Cuando es un político el responsable de un cambio, la gente lo conoce y puede tomar decisiones: si vuelve o no a confiar en ese político. Pero con los magnates nadie sabe nada.

 

*Este texto fue publicado originalmente por El Malpensante en la edición 136 de noviembre de 2012.

 

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Por:

Juan Miguel Álvarez

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