Los saberes que la pandemia se llevó en el Amazonas
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Los saberes que la pandemia se llevó en el Amazonas

“Para nosotros es como un sueño que en 20 días se nos vayan los tres maestros más grandes de nuestra familia”, nos dice Gory Negedeka, como si aludiera realmente a una pesadilla. Lo cree así luego de la muerte de su mamá y su tío, abuelos bora, y de su papá muinane, los tres fallecimientos por cuenta de la pandemia de COVID-19. Ellos pertenecían a dos de los 62 pueblos indígenas que aún sobreviven en el Amazonas.

Entre abril y mayo la cantidad de registros por coronavirus en Leticia convirtió al Amazonas en el departamento con la tasa más alta de contagios en Colombia; la pandemia que tomó por sorpresa al mundo entero, también agudizó allí los problemas y las desigualdades preexistentes que favorecieron la muerte. Según los boletines epidemiológicos que la Gobernación de este departamento emite diariamente, el pico de los casos fue en mayo. Actualmente hay 2.513 casos registrados; de estos 2.373 están en Leticia, 125 en Puerto Nariño, 13 en la Chorrera, 1 en Puerto Santander y 1 en Tarapacá con fecha de corte del 3 de agosto.

Sin embargo, según Jose Pablo Neikase, del pueblo Ocaina y habitante de Chorrera, una de las zonas no municipalizadas del Amazonas ubicada a 8 0 10 días de viaje por vía fluvial desde la capital del departamento, allí “no hay una máquina para hacer las pruebas porque esto es pura selva, entonces no podemos decir a ciencia cierta cuántas de las personas que se han enfermado han tenido coronavirus y cuántas no; pero que yo sepa todo el mundo se ha enfermado”.

No solo la falta de pruebas para detectar el coronavirus, sino también las precarias condiciones de los puestos de salud ubicados en las zonas no municipalizadas y la falta de implementos de bioseguridad, representan un riesgo para las comunidades que se encuentran a varios días del Hospital San Rafaél, el único público y de nivel 2 en el departamento, es decir, el único con valoración de urgencias y algunas especialidades básicas como pediatría y cirugía general.

La pandemia ha amenazado la vida y la pervivencia de las comunidades indígenas, especialmente de los abuelos y abuelas que son los depositarios y transmisores de las cosmovisiones y del conocimiento tradicional. “El sistema de salud es muy precario y no hubo la atención necesaria para los pueblos indígenas. Mi papá solo estuvo un día y luego falleció, pero muchos abuelos no tuvieron ninguna atención”, afirma Rosita Jacanamejoy, hija de Agustín Jacanamejoy, abuelo del pueblo Inga que falleció el 29 de abril, cuando la pandemia apenas se asomaba en el Amazonas.

Ahora, tres meses después, más de diez abuelos y abuelas han muerto durante la pandemia. Sin embargo, la mala señal en las zonas no municipalizadas, e incluso en Leticia, han dificultado consolidar un dato exacto. “La pérdida de los abuelos es algo muy importante para nosotros. Cada pueblo tiene sus clanes y sus linajes; cuando muere un abuelo también mueren los conocimientos puntuales que maneja su clan”, dice Anitalia Pijachi, indígena del pueblo ocaina que vive en un resguardo cerca a Leticia y conocía a varios de los abuelos que han muerto.

Según nos contó Javier Torres, quien vivió durante varios años en el Amazonas, ha trabajado con la Fundación Terra Nova, dedicada al desarrollo de programas de recuperación y difusión de conocimientos tradicionales en regiones como el Amazonas, y también conoció a varios de los mayores, para las comunidades “los abuelos son unos libros, son las bibliotecas del conocimiento, ahí están las respuestas para todo”. El manejo del mundo y la facultad de guiar a sus pueblos se traducen en saberes y prácticas que encarnaban y que cuando un abuelo o abuela amazónica muere, ellas también lo hacen.

La lengua

Aurelia Jifichiu, abuela del pueblo Bora, tenía cicatrices en su cuerpo como la memoria de los castigos que recibió de niña por no saber hablar castellano. Esto no fue impedimento para que, tal como lo narra Gory Negedeka, su hijo, dedicara parte importante de su vida a la transmisión oral de su historia y su lengua; “a través de la fuerza de la mujer, ella transmitía a los niños los cantos y arrullos que conocía”, dice.

Aurelia murió el 28 de junio con síntomas de COVID-19.

Según cifras del DANE en Colombia hay 1.047 indígenas bora, de los cuales solo 377, aproximadamente, hablan su lengua. Esta cantidad disminuye significativamente en los más jóvenes, pues en la Chorrera, por ejemplo, solo el 15% de ellos la domina, de acuerdo con estimaciones del Ministerio de Cultura, que además la considera una lengua en peligro de desaparecer.

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Aniceto Negedeka era el último abuelo del linaje de la semilla, del clan palma de cumare, del pueblo Muinane. Cuando fue niño también se le prohibió hablar en lengua muinane, sin embargo, Aniceto aprendió a escribirla y a transmitirla. “Él no era académico, solo estudió hasta quinto de primaria en la Chorrera”, asegura Gory, también su hijo. Escribió varios libros en ambos idiomas: muinane y español.

Aniceto murió el 8 de junio con síntomas de COVID-19.

En el último censo realizado por el DANE se registró una población de 2.113 personas que hacen parte del pueblo, sin embargo solo 50, aproximadamente, hablan la lengua y quienes lo hacen son mayores de 40 o 50 años.

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Antonio Bolívar, abuelo del pueblo Ocaina, le costaba hablar su propia lengua. A veces, cuando se encontraba con otros hablantes en reuniones y rituales tenía la posibilidad de practicarla, pero esto no sucedía a menudo. Antonio también fue el protagonista de la película colombiana “El abrazo de la serpiente”, donde interpretó el papel del viejo Karamakate.

El DANE estima que en Colombia hay 412 indígenas ocainas, de estos únicamente 12 hablan su lengua.

Antonio era uno de ellos y murió el 28 de abril con síntomas de COVID-19.

La medicina tradicional

Agustín Jacanamejoy era un abuelo del pueblo Inga del Putumayo, pero vivió en Leticia durante más de 40 años. Allí lo conocían como “don Sibundoy”, el médico tradicional del municipio; se escuchaba en el pueblo que había curado a casi todos los leticianos desde niños. “En Leticia se convirtió en el símbolo de protección”, dice Rosita Jacanamejoy, su hija.

La medicina tradicional, entendida desde los pueblos indígenas, no solo está relacionada con la salud y el cuidado del cuerpo, sino también con la protección del territorio y el equilibrio de las energías para evitar conflictos entre quienes lo habitan.

Por eso, Rosita también dice que estos conocimientos se fueron con su padre, pues “son muy pocos los abuelos que quedan y, en general, conocemos el manejo básico, no a profundidad”.

Agustín murió el 29 de abril con síntomas de COVID-19.

El cuidado del territorio

La tierra no vale nada si no hay un conocimiento ancestral y el conocimiento ancestral no vale nada si no hay un territorio que armonizar”, dice Gory Negedeka al referirse a los conocimientos de su papá. Aniceto Negedeka se dedicó particularmente al estudio de las aves: escribió varios libros sobre este tema, logrando un reconocimiento como ornitólogo en su comunidad y en el exterior.

En el Amazonas colombiano se estima que hay 674 especies de aves; 26 de estas se encuentran en peligro de extinción y tres en peligro crítico, según el Sistema de Información Ambiental Territorial de la Amazonía Colombiana (SIAT-AC). El conocimiento ancestral no solo abarca los saberes sobre las tradiciones de los pueblos, sino también del cuidado del espacio que habitan; así, las comunidades indígenas tienen un papel fundamental en la protección del ecosistema amazónico.

Para Gory “él enseñaba a la humanidad a partir del conocimiento de las aves y su ciencia. Ese conocimiento lastimosamente desapareció”.

La música

Pablo Segundo era un abuelo del pueblo Ocaina cuyo linaje era el canto. En la maloca todas las personas tienen un don especial; algunos se forman específicamente para el canto. “Ellos son los que alegran la fiesta en las malocas. Pero no puede ser con cualquier canto”, afirma Anitalia Pijachi, que conocía al abuelo.

Pablo murió el 27 de julio, el mismo día que hicimos esta entrevista, con síntomas de COVID-19.

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Aurelio Jifichiu era un abuelo músico y artesano del pueblo Bora. Él mismo construía y tocaba instrumentos tradicionales como el manguaré y las sonajeras, utilizados en los rituales de su pueblo. El primero consta de dos troncos sostenidos en el aire con unas cuerdas, que son golpeados con un mazo; las segundas son objetos que, generalmente, tienen en su interior semillas secas y que suenan al ser agitadas.

Aurelio murió el 18 de junio con síntomas de COVID-19.

“Ese conocimiento sí nos quedó tambaleando porque apenas estábamos empezando a trabajar en el proyecto de educación propia”, afirma Gory, sobrino de Aurelio.

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Andrés Coello, abuelo del pueblo Tikuna, era reconocido por sus conocimientos de cantos y elaboración de instrumentos para la pelazón, la ceremonia de iniciación femenina. Este ritual sucede hasta seis meses después de que la mujer tiene su primer periodo y se trata de una fiesta que busca fortalecer su cuerpo y reconocer la fertilidad.

En esta ceremonia se utilizan instrumentos de percusión y de viento heredados del Métare o el mítico chamán tikuna. El mito cuenta que Métare, quien tenía la capacidad de transformarse en ave, vence a Túchuru, otro personaje mitológico que se convierte en un “pito”, insecto que transmite la fiebre amarilla.

Andrés murió el 28 de abril con síntomas de COVID-19.

La gastronomía

La abuela Aurelia venía de una familia de malocas, es decir que tienen un gran conocimiento cosmogónico. Más que el conocimiento técnico para sembrar una yuca, la abuela tenía también el conocimiento espiritual de lo que significaba esta siembra. Por eso se dedicó a mantener y recrear la gastronomía tradicional del pueblo bora.

“Para quienes vivimos en el Amazonas nuestra base alimenticia es la yuca, pero cada pueblo la maneja distinto”, asegura Anitalia Pijachi, que también conocía a la abuela.

Para los boras el casabe es una comida tradicional que se prepara a base de yuca rallada o almidón de yuca. Aurelia, por ejemplo, hacía casabe de color rosado, una preparación que actualmente ya no se hace.

La memoria

Elí Andoque era un abuelo que hacía parte del grupo de Andoques más antiguos, los que sobrevivieron al caucho. “Elí era uno de los abuelos más antiguos de su clan que por su edad han sido testigos de una larga historia y han acumulado conocimientos y saberes sobre su pueblo y su región”, dice Marco Tobón, antropólogo y amigo de Elí.

Su familia fue testigo de las caucherías, así como de las misiones evangelizadoras que obligaron a Elí a abandonar Anduche, el territorio en el que nació, para desplazarse hacia Pedrera, en el bajo Caquetá.

Elí murió el 15 de junio con síntomas de COVID-19.

El pueblo andoque fue víctima de la explotación de la Casa Arana, por lo que la cantidad de andoques disminuyó significativamente durante las primeras décadas del siglo XX. Según las cifras del DANE, en Colombia hay aproximadamente 820 andoques.

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“Con la medicina tradicional nos hemos sostenido hasta el momento. Vamos al orígen de todo, de cada pueblo, cada clan, para saber cuál es el fallo espiritual y salvar nuestras comunidades”, dice Jose Pablo Neikase, habitante de la Chorrera. Aún así, la petición de acción urgente emitida por las comunidades continúa vigente. Hacen falta elementos de bioseguridad y de atención médica especializada para complementar la medicina ancestral con la que los abuelos y abuelas ya enfrentan la pandemia.

Sus prácticas y tradiciones se recrean, aunque en menor medida, a través de los hijos, nietos y de los jóvenes que aún permanecen en el territorio, así como de las malocas que construyeron algunos de ellos como Aniceto, Aurelia y Andrés. “Ese conocimiento no está perdido, está vivo. Ahora es la responsabilidad de nosotros hacerlo visible. En términos tradicionales estos son los adornos que nos dejaron para nosotros cuidarlos”, remarca Gory Negedeka.

Hoy el virus continúa en las comunidades de las que se tiene poca o nada de información; las mismas que han hecho frente a la enfermedad a través de la medicina tradicional que, en muchos casos, no ha sido suficiente para garantizar la salud de los abuelos y abuelas indígenas que encarnaban recetas, lenguas, instrumentos musicales: la historia de los pueblos, que cada vez son menos, pero que resisten a la pandemia en medio de la selva.

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Por:

Natalia Duque Vergara

Ilustración:

Natalia Ospina

2020-09-15

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