DIGNA PUTERÍA: La historia de la Unión de Resistencias Cali (III)
Movilización

DIGNA PUTERÍA: La historia de la Unión de Resistencias Cali (III)

Esta es la tercera entrega de Digna Putería. Lee la primera y la segunda parte de este reportaje y entérate de los orígenes de la Unión de Resistencias Cali y la influencia que tuvo la minga indígena entre los jóvenes de esta coalición. 

 

A mediados de mayo de 2021, bicicletas pertenecientes a manifestantes bloquean el paso de la Cra 23 en el Sector de la Luna.  En el fondo, un hotel quemado durante actos vandálicos la noche del 3 de mayo
 

III. LA UNIÓN DE RESISTENCIAS

La Asamblea Nacional Popular arrancó doce horas más tarde de lo programado y algo decaída. Algunas delegaciones no lograron pasar el cerco decretado por la Gobernación del Valle, y aquellas que lo hicieron, valiéndose de un vacío jurídico en el decreto oficial, llegaron agotadas luego de un largo viaje, ensombrecido por el temor a los puntos de control policial y a los supuestos perfilamientos que ejecutaron los oficiales en ellos.

Pero el desánimo duró poco. La noche de ese sábado 17 de julio en el coliseo de la Universidad del Valle, gentes provenientes de todas partes del país bailaban y arengaban, al son de los tambores del Pacífico, “el pueblo no se rinde, ¡carajo!”, “Cali no se rinde, ¡carajo!”.

A la música le siguieron los saludos protocolarios, hasta que la concejala del Polo Democrárico Ana Erazo, que se movía por la tarima con fuerza y lanzaba arengas por el micrófono, tomó alientos para  resaltar la lucha de los últimos meses en “la sucursal de la resistencia”. Una lucha que había logrado consolidar “un nuevo tipo de tejido social”, que no solo había hecho visible un sinnúmero de violaciones a los derechos humanos por parte de la fuerza pública, sino que, “en un hecho sin precedentes”, había consolidado un escenario político “que hoy tiene una mesa de negociación con el alcalde de la ciudad”.    

—¡Sin ellos y sin ellas no hubiéramos podido resistir en nuestra Cali y logrado esto!—exclamó la presentadora y concejala—. Por eso este espacio debe recibir con un aplauso ¡a la Unión de Resistenciaaaaas Cali!

El diez de julio, la Unión de Resistencias Cali realizó su primera asamblea popular, convocando a los 26 puntos de resistencia. Foto: cortesía de Daniel Zapata.
 

Una docena de chicos y chicas, vestidos sin mayor complicación, a excepción de la pañoleta negra que cubría su rostro, caminó dando pasos cortos y tímidos hacia el centro del escenario, mientras que 3.000 personas los ovacionaban desde la platea y los estrados. Si me los hubiera cruzado por la calle, no habría adivinado que eran ellos la voz del estallido: jóvenes serenos, la mayoría estudiantes, uno que otro por fuera del rango de edad, la cara más visible de esas espontáneas comunidades que se formaron en los puntos de resistencia, y que aglutinaron a seres de lenguajes, contextos y capacidades diversas, unidos por la rabia de vivir siempre al márgen. 

Durante los siguientes dos días me dediqué a encontrar a esos muchachos entre la multitud deliberante. La Asamblea Nacional Popular, heredera de un proceso social que cuenta con más de una década, y en la que confluyen campesinos, indígenas, negros y comunidades populares urbanas, es una experiencia asombrosa y estimulante, sin jerarquías ni liderazgos mesiánicos, que aupada en coaliciones sociales como el Congreso de los Pueblos, parecía hacerle honor al llamado que desde tantas esquinas había surgido durante los sangrientos días del paro: conversar para avanzar.

 

"La Peleona", integrante de la Primera Línea de Siloé, posa en la Biblioteca Pública Municipal Centro Cultural Comuna 20 el día del 20 de Julio de 2021, con la pañoleta oficial de la Unión de Resistencias Cali.
 

"El Gringo" miembro de la Primera Línea posa en la Glorieta de Siloé el domingo 3 de Octubre en la manifestación pacífica para recordar las víctimas del Paro Nacional.
 

Gradualmente fui ubicando a los voceros de la URC. A algunos los encontré  en las mesas temáticas de deliberación que se habían congregado por los corredores, prados y auditorios del campus universitario. Al resto, por suerte,  me los topé alrededor de su olla comunitaria, una de las muchas que, humeantes, le ofrecían a quien llegara a la Asamblea un plato de granos o pollo con arroz, yuca y limonada, repitiendo en cada comida un ritual que se había vuelto fundacional durante los días del levantamiento.

Allí conocí a Saray, una joven filósofa feminista de extracción obrera, que durante los días más duros del estallido lideró la gestión de seguridad de su punto de resistencia, y quien arrancó nuestra conversación reconociendo, con la voz quebrada y nerviosa, que por cuenta de lo vivido durante las confrontaciones padecía de angustias y paranoias permanentes. Conocí a Jefferson, un reparador de equipos informáticos convertido, por convicción, en administrador de las ayudas y donaciones que llegaban a su punto de resistencia. A Daniel, un estudiante de derecho de la Universidad Libre que aguantó en el suelo un tiroteo de más de diez minutos por parte de la policía, y a Jessica, vocera de los estudiantes que transformaron el esqueleto vandalizado de la estación del MIO frente a la Univalle en una huerta urbana, biblioteca pública y espacio de reflexión y encuentro para cientos de estudiantes y habitantes del sector. Conocí a Libertad y a Mauricio,  a Carlos y a Lilibeth, y a un chico de Puerto Resistencia, que sin darme su nombre, me contó entre risas nerviosas que una de esas oscuras noches alcanzaron a reunir 70 armas para defenderse de la policía.

Y conocí a Fernanda, de 25 años, estudiante de Ciencias Naturales y Educación Ambiental de la Universidad del Valle. La encontré sentada entre un grupo de ochenta jóvenes que llevaba un par de horas discutiendo, animosamente, cuál sería la metodología para deliberar sobre el futuro de la juventud y la educación en Colombia. Fernanda se me reveló de inmediato como un ser profundo y sabio, crítica de la fragmentación y la especialización de los saberes en el sistema educativo, convencida de que el país debe implementar un proyecto educativo integral para que defienda la vida y promueva el afecto y el cuidado de los otros y de los territorios, en el que cada joven “pueda desarrollar sus capacidades y vivir de lo que ama, independientemente de lo que sea”.

—Obviamente hay cosas malas— me dijo, sentada en una banca de la universidad—. Pero a medida que vamos construyendo mejores espacios de inserción para las personas, esas malas intenciones y malas voluntades se van a disminuir.

Un grupo de jóvenes conversan en una de las muchas mesas de deliberación que se instalaron en la Universidad del Valle entre el 17 y el 20 de julio durante la Asamblea Nacional Popular. Foto: Cortesía de Sebastián Pérez.
 

Durante las muchas horas que compartimos esos días, Fernanda me resumió su vida con emoción reflexiva, y me agradeció el tiempo para narrarse y pensarse. Creció en un hogar muy pobre en las laderas de Siloé, en una familia asolada por problemas de salud mental. De niña ya demostraba una inteligencia y sensibilidad excepcionales, que le permitieron acceder durante la primaria a media beca en un colegio privado. Su madre, sin embargo, había quedado sola y sin ingresos luego de divorciarse de su padre, y no tuvo cómo continuar pagando la porción de matrícula que le correspondía.  

—Cuando me dieron la noticia de que me tenía que pasar a un colegio público, yo casi me muero, solo lloré— me contó Fernanda en medio de la Asamblea—. Imagínate, yo era una peladita pobre que había ido siempre a escuela privada. Para mí era tenaz, no quería juntarme con los míos.

Pero contrario a sus temores, la llegada a un colegio público le abrió los ojos y definió el curso de su vida. Allí fue consciente del hambre de algunos compañeros, que llegaban a estudiar sin nada en el estómago. Aprendió que había que tomarse el colegio para que el Distrito cumpliera con la obligación de asignar un profesor de química, luego de pasar un mes sin poder ver esta asignatura. Y fue gracias a este colegio y a la Fundación Multipropaz, que recorrió los barrios y veredas aledañas a Siloé, descubriendo, en sus palabras, que “nunca es lo mismo ser una niña pobre a ser una niña rica”.

—Yo quería patinar, bailar, hacer de todo… Pero no pude, por asuntos económicos y una familia disfuncional. ¿Ves? Pero a pesar de eso, mi mamá siempre me inculcó el estudio, porque para ella era el vehículo a través del cual se podía salir adelante y tener una mejor calidad de vida.

Fernanda, líder social de Siloé, en la manifestación del 20 de Julio en la Loma de la Dignidad.
 

Para el momento en el que hablamos, Fernanda llevaba casi tres años esforzándose para sostenerse mientras avanzaba en sus estudios. Enfrentando muchos obstáculos, montó en la universidad un puesto de salchipapas y ganó algo de dinero como asistente de investigación en algunos proyectos de la universidad. Pero cuando la pandemia embistió a Siloé y lo degradó todo, dejó de estudiar y se fue para Nariño a raspar coca, sin adivinar que a los dos días de estar trabajando entre los cocales, una agresiva alergia cutánea la obligaría a cambiar de oficio. Su nuevo trabajo sería tomar el machete, pelar el monte y mantener limpias las matas de coca, sin entrar en contacto con ellas. Todo esto bajo la mirada suspicaz y vigilante de los grupos armados que controlaban la zona.

Fernanda regresó a Cali definitivamente en enero de 2021 y consiguió trabajo en un joven emprendimiento dedicado al marketing digital. El 28 de abril arrancó el paro y en su tiempo libre comenzó a ir al punto de resistencia de La Glorieta de Siloé, lugar que fue duramente golpeado en dos noches del levantamiento —el 3 de mayo, durante la primera masacre, cinco jóvenes menores de 23 años fueron asesinados; el 28 de mayo, al menos tres más caerían durante los operativos policiales, incluyendo a Daniel Steven Sánchez, de 16 años, quien apareció incinerado tras el incendio del Dollarcity—.

En la Glorieta de Siloé Fernanda dio rienda suelta a su vocación para la conversación y el relacionamiento, y comenzó a escuchar a esas voces diversas que, en medio del temor a morir en los enfrentamientos, se expresaban diariamente en su punto: los estudiantes de universidad pública y los trabajadores informales; los ladrones y los sicarios, los exconvictos y los desocupados; los niños y los abuelos, las madres, los adictos, los obreros, los pelados “que no han encontrado el rumbo de su vida”, los que no han tenido “otras opciones” y los que, como ella, son unos apasionados “por el despertar y el crecimiento de la conciencia y la revolución”.

 

Manifestantes del punto de Resistencia de Siloé posan durante la marcha del 20 de Julio de 2021 que tenía como punto final La Loma de la Dignidad
 

—Los muchachos de Siloé apenas se están acercando a esto de la organización comunitaria —continuó Fernanda—. Tú hablabas antes de política y te decían ¡ay, qué pereza, ya van a salir peleando! Entonces, claro, yo empiezo a trabajar y a conocer a los chicos del punto, y me encuentro con que la violencia, la drogadicción, el malandreo, ese ambiente de vandalismo, es habitual. Y también noto que la gente no se comunica, no se escucha. Eso era preocupante. Hubo discusiones candentes, hechos de violencia entre la gente del mismo punto. Ahí empecé a entender que el trabajo es muy largo, y que es fundamental trabajar con ellos el crecimiento personal, la inteligencia emocional, la autoestima, porque si no, no se hace nada, los pelados se desconectan. 

La misma dinámica ocurrió en el resto de puntos, como me contaron otros chicos de la URC. Gradual y rápidamente, desde los primeros días del levantamiento, los puntos de resistencia aprendieron a hablar. Uno de los voceros de Portada al Mar me contó que cuando apenas todo comenzaba, vio en redes sociales una convocatoria a formar asambleas populares a través de la página de Medios Libres Cali, uno de los muchos medios locales que se convirtieron en arterias de comunicación para el movimiento social durante esos días de zozobra y entusiasmo.

—Asamblea en Sameco, asamblea en Puerto Resistencia, Asamblea en Montebello Portada... —me contó—. ¡Fue muy curioso ver mencionado a nuestro sector, porque a nosotros nunca nos mencionan en nada! Fue gracias a esa primera asamblea que nació nuestro punto de resistencia, más como un punto de encuentro que un punto de bloqueo.

Manifestantes en Puerto Resistencia, sostienen carteles alusivos a los motivos del Paro Nacional el día 20 de Julio de 2021.
 

Y no era nada fácil hablar en medio de la apatía. Se trataba de pelados que nunca habían sido escuchados, ¿cómo iban a escuchar? Pero todo eso comenzó a cambiar, me contó Daniel, vocero de Sameco, cuando después de la efervescencia de los primeros días, caído el ministro de Hacienda y retirada la reforma tributaria que había catalizado el alzamiento, una pregunta comenzó a sonar en la cabeza de muchos: ¿hasta cuándo nos vamos a quedar? ¿qué queremos hacer con esto?  

—En ese momento los pelados se integraron y comenzaron a darse cuenta de que era necesario aprender a escucharse— recordó Daniel, sentado frente a uno de los muchos jardines de la Univalle—. Al comienzo se creían dueños de la razón y de la verdad absoluta. Pensaban que discutir era pelear, odiar al otro. Fue complejo. Lentamente aprendieron a escuchar y a entender a los demás, a hacer críticas sin destruir, a partir de cómo se sentían. Ahí pudimos avanzar, comenzaron a respetar, a proponer. Un momento muy bacano fue cuando se animaron a liderar y moderar la asamblea popular: entender las dinámicas de las emociones, el manejo del tiempo, recoger la discusión, dar la palabra…

Entre tanto, los más de 70 voceros de 26 puntos de resistencia, iban y venían, entre Unicatólica y las asambleas de sus respectivos puntos, tejiendo los acuerdos y construyendo los consensos que se necesitaban en la mesa con la alcaldía. Fueron cinco difíciles reuniones de diez horas cada una, muchas de las cuales arrancaban horas más tarde de lo pactado, con muchos de los voceros aún encapuchados, terminando casi en la madrugada, y en la que el tema central continuó siendo la garantía de una protesta segura y libre de violencia.

El día 28 de Agosto de 2021, en la sede de Unicatólica se llevaba acabo un taller para miembros de la Primera Línea entre los que se encontraba Jessica vocera de los estudiantes que transformaron el esqueleto vandalizado de la estación del MIO frente a la Univalle.
 

A finales de mayo, los voceros y la alcaldía llegaron a un acuerdo final que fue firmado por el alcalde Jorge Iván Ospina el 31 de ese mes, a través del decreto 304. Un documento que el mandatario local firmó a regañadientes —pues no se llegó a acordar el desmonte de los bloqueos— pero que estableció un plan de emergencia, una ruta de protección para los manifestantes en peligro, una comisión de derechos humanos para investigar lo ocurrido durante el Paro y una mesa de conversaciones permanente para atender los problemas de hambre, educación, empleabilidad y otros asuntos sociales expresados en la mesa. El decreto reconocía, además, a la Unión de Resistencias Cali (URC), “como un movimiento autónomo de articulación de los puntos de resistencia para la interlocución en el diálogo social con la institucionalidad y la sociedad”.

—Apenas salió ese decreto yo dije “es ilegal”, y tiene que haber una forma de protestar en contra del alcalde, pues sus acciones están muy equivocadas— me contó María del Mar Machado Jiménez, quien en cuestión de días radicó una acción de nulidad en contra de la norma.

María del Mar, quien fue secretaria de gobierno del alcalde Apolinar Salcedo, y que ha sido además árbitro y conciliadora en la Cámara de Comercio de Cali, me aseguró que su iniciativa no tuvo intenciones políticas, no fue premeditada con los empresarios ni buscaba oponerse a los diálogos de la alcaldía con los muchachos. Se trató, me dijo, de una acción de una madre y abuela adolorida por ver a su ciudad “destruida por todos esos desmanes”, y a un alcalde que, con este decreto, “los apoyaba”.

El recurso de la abogada obtuvo logros casi de inmediato. El 11 de junio, el juzgado 16 administrativo oral de Cali decretó la suspensión del decreto, dejando en vilo el proceso de diálogo con la URC y preocupando a los muchachos que ya, para ese momento, llevaban alrededor de un mes de trabajo entre la mesa y las comunidades en los puntos de resistencia.

Días más tarde una tutela, interpuesta por ellos mismos, logró levantar la decisión de suspensión. Y aunque el proceso sigue su curso y es analizado por el por el Consejo de Estado, la Unión de Resistencias Cali continuó los diálogos con la administración mientras algunos enfrentaban el desmonte violento de algunos de sus puntos y otros, voluntariamente, abandonaban los bloqueos. La estrategia, desde junio, fue otra como me explicaron los chicos durante la Asamblea Nacional Popular: en medio de amenazas, divisiones internas y desencuentros con la alcaldía, estaban llevando el paro nacional y sus asambleas populares “barrio adentro”. 

*Espera este miércoles, en la última entrega de Digna Putería: Las amenazas de muerte recibidas por los voceros de un punto de resistencia, el prematuro cierre de la Asamblea Nacional Popular por cuenta de dos supuestos infiltrados y el futuro inicierto de la Unión de Resistencias Cali mientras que paro sigue “barrio adentro”.

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Por:

Por Juan Camilo Maldonado Tovar

Fotos de Juan Arias, Sebastián Pérez y Daniel Zapata // Collage: @matildetil

2021-10-10

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