La dignidad de los 'soles': la historia de una hermandad trans en Arauca
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La dignidad de los 'soles': la historia de una hermandad trans en Arauca

No se trata de pedir tolerancia, sino de que se respeten sus derechos. Una de las grandes resistencias de las mujeres trans en Arauca ha sido poner frente a los ojos de otros su dignidad. Otra gran resistencia: que tener cuerpos e identidades no hegemónicas no implique vivir en los márgenes. Pero la hermandad de los soles tiene opositores. Al machismo histórico se sumó un discurso fundamentalista que comenzó a impregnar las conversaciones políticas y que se opone no sólo a los derechos sociales e igualitarios, sino también al acuerdo de paz en Colombia. La respuesta de "las T" es organizar la dignidad. Este texto forma parte de Las Resistencias Fundamentales un especial periodístico sobre las resistencias a los fundamentalismos en Latinoamérica y el Caribe coordinado por LatFem-Periodismo Feminista.

La frontera de Colombia y Venezuela mide 2.219 kilómetros. En medio de esa extensa línea limítrofe está Arauca, una ciudad colombiana de 75 mil habitantes donde viven 87 mujeres trans alrededor de un río poderoso. 77  venezolanas y 9 colombianas, estima Tamara Montenegro, la lideresa trans que trabaja por los derechos de “las T” en una de las zonas de Colombia más comprometidas con la crisis migratoria venezolana de los últimos años.

Tamara tiene 22 años y dirige la Fundación Dignidad Trans, uno de los pocos grupos civiles que defiende los derechos de las personas con experiencias de vida trans, migrantes y retornadas en Arauca. Esa ciudad, donde ahora está Tamara sentada frente a un computador, amanece y cierra sus ojos junto al río. Está lejos de Bogotá, la capital del país, y alberga en su territorio a casi 45.000 de los 1.7 millones de venezolanxs que viven en Colombia, según un informe que el Grupo Interagencial sobre Flujos Migratorios Mixtos publicó a principios de 2021. Más de la mitad de los y las habitantes de Arauca son migrantes provenientes del país vecino.

 

Zeidy Tamara Montenegro, la líderesa trans de 22 años

 

“La verdad es que me encanta pelear por los derechos de las demás personas”, dice Tamara y rasga la pantalla con una sonrisa. “Esos derechos o se tienen que dar o se dan, porque es nefasto. Porque acá en Arauca nos sentimos soles. Entre mujeres trans, hombres trans y mujeres cisgénero sentimos soledad”.

La misma soledad que sintió Tamara cuando decidió irse de la ciudad en la que nació a los 10 años. No aguantó seguir reprimiendo su identidad femenina. En la misma Arauca que un día la expulsó, hoy trabaja para que las personas trans puedan ejercer sus derechos como cualquiera. Que caminar libremente por la calle, trabajar o ser llamadas por sus nombres de mujer no sea un privilegio.

 

Los dolores  de Tamara

Tamara escuchó a la muerte de frente. Todavía recuerda el sonido de los disparos que le atravesaron la carne en dos momentos diferentes de la vida, durante los largos días que vivió fuera de Arauca, huyendo.

“Me sentí más muerta que viva ese día”, cuenta sobre el primer disparo. Le dio de lleno en la pantorrilla derecha, corrió como pudo para esconderse de los tipos que la habían agredido física y sexualmente hasta dejarla herida en medio de un potrero. Pasó en Cúcuta −la capital del departamento de Norte de Santander, a más de 400 kilómetros de Arauca−, mientras se prostituía para sobrevivir como una recién llegada. Tenía 10 años.

“Todavía no se me borra de la cabeza”, dice sobre el segundo, que más que un disparo fue una ráfaga. Lo recibió en el brazo, aunque a las que mató fue a dos de “las pollitas”, como llamaban al grupo de mujeres trans adolescentes con el que Tamara se la pasaba de arriba para abajo en Cúcuta. “Si usted las hubiera visto, eran dos gotas de agua”, dice nostálgica. No es exagerado decir que ese día quedó doblemente huérfana. Tenía 13 años y entonces huyó de nuevo.

 

Dolor en las cifras

Desde que Colombia firmó el Acuerdo Final de Paz con las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), en 2016, la agenda de la población trans vivió una especie de estallido, ganó mayor visibilidad. Especialmente con el punto 5 del Acuerdo, que habla de las víctimas del conflicto armado.

Allí quedó claro que las personas con expresiones de género diversas también vivieron persecución, amenazas, desplazamientos forzados  y asesinatos (conocidos en buena parte del país como “limpieza social”) por parte de paramilitares, guerrilla y el Ejército colombiano, durante los casi 60 años que duró este período del conflicto colombiano.

Tamara −que no es una guerrera pero sí se ha enfrentado a la guerra en carne viva− dice que ahora todo está un poco más calmado, pero que la amenaza para las personas trans en Arauca no se ha terminado. “El conflicto armado siempre ha estado presente en el territorio araucano”, advierte.

En Colombia, como en buena parte de la región latinoamericana, los derechos de las personas trans no son una obviedad. Tampoco es obvio que luchar por ellos cueste vidas, pero así es. El 70% de los asesinatos de personas trans ocurren en América Central o del Sur, según reporta el Observatorio de Personas Trans Asesinadas. De acuerdo a la más reciente actualización del Observatorio, el 2021 “mostró ser el año con mayor número de muertes de personas trans y género-diversas” desde que se inició el registro (en 2018). El 96% de las personas trans asesinadas en 2021 eran “mujeres trans o personas trans femeninas”.

En Colombia, la Red Comunitaria Trans, que lleva registros propios y triangula información con otras organizaciones civiles, denunció que 32 mujeres trans han sido asesinadas en lo que va de 2021, aunque el subregistro es altísimo en estos casos. De acuerdo a los datos disponibles sobre violencia por prejuicio (que incluyen homicidios o cualquier acto de discriminación), 247 de 516 casos de este tipo en Colombia están relacionados con la identidad y expresión de género, el 92% (225 de 247) son mujeres trans.

Y en Arauca el panorama no es mejor. El departamento (que también se llama Arauca) tiene el mayor número de casos de violencia por prejuicio: 68 de 516. Seguido por Norte de Santander (48), la zona a donde Tamara huyó, ya hace 12 años.

 

La hermana Zafiro

A Zafiro Robles la hermandad la sacó a la luz. “Estaba como en un anonimato por allá, en un escondite. No quería salir de ahí”, dice, tragándose el llanto. “Entonces salí  a la luz, por medio de la fundación”. Conoció la Fundación Dignidad Trans en 2019, cuando era apenas un colectivo liderado por dos mujeres trans locales: Tamara y María Víctoria Leguizamo. Ellas estaban decididas a cambiar las injusticias y situaciones de exclusión que vivían a diario las mujeres trans por el hecho de expresar una identidad de género diferente a la acostumbrada por la gente del pueblo.

 

Zafiro Robles, integrante de Dignidad Trans

 

Resistentes y adoloridas, las hermanas de Dignidad Trans nacieron entre aquellas que habitaban los márgenes de una ciudad machista en los llanos orientales de Colombia, como soles en la oscuridad.

“Comenzamos a hacer incidencia en Arauca −dice Tamara− y demostramos que las personas trans tienen muchas capacidades”. Uno de los primeros objetivos de la fundación fue dignificar la vida de las personas trans y migrantes. “Que sepan que las personas trans, aparte de ser putas o peluqueras, tienen unas capacidades diferentes o iguales a las de los demás”, apunta.

Zafiro llegó a la fundación porque una amiga la invitó a una reunión. “Lo más impactante fue ver que éramos una comunidad. Me di cuenta de que hacía parte de algo”. Desde ese día, no ha dejado de ser una de las “alumnas destacadas” de los talleres que organiza la fundación, a la cual atribuye el hecho más luminoso de su historia reciente: descubrir que tenía derechos.

—Me di cuenta de que yo cumplía deberes como ciudadana colombiana. Pago impuestos, cumplo las leyes, entonces, ¡cómo no voy a exigir mis derechos!.

Zafiro quiere aprender más para trabajar por el resto de las hermanas. Eso ha hecho desde que llegó. Primero, asistió a la Escuela de Liderazgo Trans organizada por la fundación en 2020. “Ahí obtuvimos el nombre de mujer en la cédula y ya me pude quitar el nombre de hombre”. Luego, reconoció que su identidad era diversa. “Descubrí que mi género era mujer trans, porque a mí me gusta vestirme de mujer y las cosas de mujer”. Después, hizo un curso sobre economía básica. “Que eso fue lo que me empoderó a mí en mi peluquería”, dice emocionada, mientras lee la leyenda del diploma. “Hace constar que Zafiro Robles participó en…”.

 

Las resistentes

Tamara ya dejó los años más duros del trabajo sexual. “Es que en aquella época las mujeres trans éramos como un bicho raro en la sociedad. Bueno, para los policías y entes armados, porque para los clientes era una maravilla, de verdad”, dice con la voz tamizada en un tono ronco.

Cuando volvió de Cúcuta se matriculó en un colegio de Arauca para terminar la secundaria, buscó trabajo, un hogar y nuevas amigas. Fue difícil, como lo fue todo desde que hizo pública su identidad trans. “Mi hermano mayor, que vive frente a la casa de mi mamá, me quiso volver a golpear y me insistió en que me vistiera de hombre y todo eso. Pero esta vez tuve más valor. Ya pasé mucho como para que una persona me venga a entablar lo que tengo que hacer”, destaca, sin sobreactuar la valentía que necesitó para resistir esos golpes.

Hasta entonces había vivido excluida, como gran parte de las mujeres trans de Colombia según advierte 5 derechos en clave trans. Análisis sobre la situación de los derechos a la movilidad, la educación, el trabajo, la salud y la vivienda de las personas Trans en Colombia, un libro editado por Fundación GAAT (Grupo de Acción y Apoyo a Personas Trans) en 2021.

“Generalmente, este ciclo de exclusión comienza a edades tempranas, generada por el rechazo y la violencia que enfrentan niñas, niños y adolescentes trans en nuestros hogares, comunidades y centros educativos”, explica.

 

Tamara y la hermandad en la marcha del 25 de noviembre de 2021 en Arauca.

 

Sin embargo, no es a lo único que se enfrentan las personas trans. Que una mujer trans de América Latina llegué a su cumpleaños 36 es una hazaña. De acuerdo a un informe presentado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en noviembre de 2015, la expectativa de vida de las mujeres trans en la región es de 35 años o menos.

Tamara pronto celebrará su cumpleaños 23 años. Más que una estadística, para ella la muerte es una certeza. Casi muere asesinada a los diez años y vio como dos de sus hermanas de calle −adolescentes de 16− eran asesinadas cuando acababa de cumplir trece. Ha pendulado en ese mortal porcentaje como una trapecista.

Llegó a la séptima con tercera −la calle de Cúcuta que era la madriguera transgénero− una noche de 2009. Buscaba a “una amiga que se viste de mujer, pero es hombre”, recuerda que le dijo a una señora que se acercó a auxiliarla en la terminal de transportes de esa ciudad al verla llorando. Y se quedó ahí para sobrevivir la orfandad, el hambre, la violencia, la prostitución, la transfobia y un tránsito de género áspero, que le quebró la piel.

Una de sus grandes resistencias ha sido poner frente a los ojos de otros la dignidad de las mujeres trans. Hacerles ver que sus vidas importan. Sean de Arauca o hayan llegado allí atravesando las trochas fronterizas con Venezuela. Como sea. “Las T” se resisten a que tener cuerpos e identidades no hegemónicas implique, irremediablemente, vivir en los márgenes.

Ser trans, dice el libro de GAAT, “nos ubica en contextos de criminalidad (como las zonas de alto impacto o ¨zonas de tolerancia¨), a los que paradójicamente la misma sociedad nos ha marginado, porque asegura que es ahí donde pertenecemos”.

 

Transgredir.

Transitar.

Transfronterizas.

Transparentes.

 

Una lista de palabras sobre “las T” puede ser precisa y dolorosa.

 

El discurso anti soles

La hermandad de los soles tiene opositores. Unos históricos, como el machismo que impregna a la sociedad llanera en Arauca y que permea a las instituciones locales. “Hay demasiados obstáculos para los procesos LGBT+, más que todo t, ya que nosotras las t hacemos más incidencia en el territorio”, explica Tamara.

Pero otros se han posicionado de a poco. Como el concepto de “ideología de género”, un discurso fundamentalista que comenzó a escalar conversaciones, noticias e intervenciones políticas en Colombia en 2016. Y que pronto se convirtió en la herramienta con la que los grupos políticos conservadores del país hicieron contrapeso al respaldo popular que el Acuerdo de Paz estaba ganando en el país, mientras era negociado entre el gobierno y las Farc en La Habana, Cuba.

Esa estrategia fue fundamental para que en el plebiscito que buscaba refrendar ese acuerdo ganara el No, como quedó demostrado luego. De acuerdo a los datos oficiales, 6.431.376 de personas apoyaron el No, el 50,21% del total de los votos.

El discurso de la ideología de género se propagó rápidamente. Respetar la diferencia de género iba a convertir en gays, lesbianas y trans a todos, desde niños hasta viejos, esa era la tesis. Entonces, la bestia fundamentalista del miedo a lo diferente no tardó en aparecer, tan arraigada que está en el seno de una sociedad con fuertes raíces católicas.

Integrantes de Dignidad Trans en la marcha del 25 de noviembre de 2021 en Arauca.

 

“En un contexto en donde los fundamentalismos intentan atacar la democracia con lo que llaman la ideología de género, que no es más que una interpretación de los fundamentalismos que proliferan en la región. Es necesario seguir avanzando en los derechos sexuales y reproductivos. En un contexto tan adverso, esta agenda sigue siendo prioritaria”, advirtió al respecto la directora regional de Amnistía Internacional para América Latina, Erika Guevara, en 2019.

Ese año nació Dignidad Trans.

 

La Patrulla Trans

“Yo era representante de los estudiantes en el colegio”, cuenta orgullosa Tamara, que continúa el relato de su historia frente al computador. Su regreso definitivo a Arauca fue en 2015, después de haber transitado por Cúcuta, Bogotá y algunos otros pueblos pequeños del interior de Colombia. Sabe como nadie lo que es ser una retornada. “Entonces mi mamá se puso muy contenta porque de sus cinco hijos la primera que se graduó del colegio fui yo”.

Cristina Rodríguez Romero, una mujer trans que trabaja en el Fondo Lunaria y conoce la historia de Tamara y el trabajo de Dignidad Trans habla de la deshumanización que enfrenta todos los días la población trans en Colombia. “Estamos en una sociedad donde el punto de deshumanización de la experiencia de vida trans es tal que nos despojan de toda posibilidad de derechos en todas las instancias posibles”, dice.

Fondo Lunaria y Dignidad Trans se han convertido en aliadas para algunos de los proyectos que la Fundación desarrolla en Arauca. Uno de ellos es la casa refugio para mujeres trans, migrantes y retornadas. Dignidad Trans la abrió en los meses más fuertes de pandemia, en 2020, para asistir a las hermanas que se quedaban sin sustentos. El trabajo escaseaba. Muchas peluquerías cerraron y, como suele decir la gente en Colombia, “la calle se puso dura”.

“Gestión y remisión”, resume Tamara lo que hace Dignidad Trans en Arauca. Concentra sus esfuerzos en conseguir recursos con organizaciones no gubernamentales y programas internacionales, como el Programa Mundial de Alimentos de la ONU (PMA), o el Fondo Lunaria. En la pandemia eso le permitió a Dignidad Trans entregar tarjetas de mercado a las hermanas para comprar alimentos en las tiendas de Arauca.

“Con eso ya tenían para solventar la alimentación por seis meses”, advierte Tamara. También se acercaron a las mujeres trans en sus entornos de trabajo nocturno para censarlas y brindarles información sobre sus derechos. Crearon la Patrulla Trans.

“Todos los sábados por la noche vamos con una planilla anotando a las chicas y repartiendo preservativos y lubricantes”, explica Tamara. La mayoría de las personas trans que anotan en la lista trabajan en la prostitución. “Lo hacemos, primero, para darles un tema de autocuidado y, segundo, para caracterizar quiénes son las que se quedan y las que se van”, menciona.

Le han puesto la Patrulla porque los policías y la fuerza pública colombiana, que llega en sus carros patrullas a las zonas donde se prostituyen las mujeres trans en Arauca, son los que las requisan o las expulsan, a veces violentamente. “Yo tengo demandada a las fuerzas públicas acá en Arauca porque sufrí un tema de tortura de parte de la policía”, dice Tamara.

 

Los soles

Aunque aprendieron a vivir como soles aislados, Zafiro dice que en la dignidad encontraron una nueva forma de vivir. “He cambiado mucho, porque me siento más segura, más linda, más empoderada para enfrentar la realidad del mundo que estamos viviendo”.

Cuenta de los diplomas que ha obtenido desde que conoció a Dignidad Trans. “A este le conseguí un marquito lo más de cachezudo y se lo puse”, dice y suelta una risa, orgullosa. Hace un año volvió a sacar los implementos de peluquería que tenía arrumados y reorganizó Zafiro Peluquería.

La dignidad es algo que va más allá de los sueños de Zafiro o del nombre que tiene la fundación.

“Tener que hablar de dignidad, del respeto, la dignidad que merecemos como personas, es un imperativo”, advierte Cristina. No se trata de pedir tolerancia, insiste. Lo que exigen es que se respeten sus derechos. Saben que si no lo hacen ellas, nadie más lo hará. Que si ellas no se miran diferente, nadie más lo hará.

“La gente se queda mirándote como si fueras el puto freak del circo”, dice. Eso, al menos en Arauca, está comenzando a cambiar.

 

 

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Por:

Karen Parrado Beltrán

Fotografías: Will Sánchez

2021-12-16

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