Ecuador: breve retrato del deterioro de un país

La periodista ecuatoriana Jeanneth Valdivieso salió hace 14 años del lugar donde nació, pero lo visita al menos una vez al año. En su último viaje, percibió, como nunca antes, cómo se ha incrementado la zozobra y el miedo por la violencia.

Fecha: 2024-01-19

Por: Catalina Lobo-guerrero

Ilustración: Wil Huertas Casallas @uuily

Ecuador: breve retrato del deterioro de un país

La periodista ecuatoriana Jeanneth Valdivieso salió hace 14 años del lugar donde nació, pero lo visita al menos una vez al año. En su último viaje, percibió, como nunca antes, cómo se ha incrementado la zozobra y el miedo por la violencia.

Fecha: 2024-01-19

Por: CATALINA LOBO-GUERRERO

Ilustración: Wil Huertas Casallas @uuily

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Desde que era una niña y hasta hace unos cuatro años –antes de la pandemia– frecuentaba las playas cercanas a Quito, en la provincia de Esmeraldas. Pasaba casi todo el día entre el mar y la arena sin temor a la oscuridad con la caída del sol. Viajaba por carretera en las noches sin mayor preocupación.

Hoy, para armar un plan así tendría que despojarme de mis miedos y tomar precauciones. Esmeraldas limita con Nariño en el Pacífico y es una de las provincias más violentas y pobres del país. Le decimos “la provincia verde” por su exuberante naturaleza. Tiene hermosas y anchas playas, y una población de mayoría afrodescendiente de gran riqueza cultural, musical y culinaria.

Al mismo tiempo, Esmeraldas está tomada en buena parte por una de las bandas delincuenciales que desde la semana pasada se denominan organizaciones “terroristas” y que son 22, según un decreto presidencial. Esos grupos, dedicados al narcotráfico, al secuestro, al sicariato y a la extorsión, han sembrado el terror, principalmente en la zona costera del país, pero también en otras ciudades. 

La inseguridad ha impactado el turismo en Esmeraldas, antes clave. Sé por los noticieros que hasta los pescadores –como tantos otros trabajadores y negocios– son extorsionados con la amenaza de ataques o asesinatos. Y desde distintos sectores  piden al Estado crear oportunidades de empleo y educación porque muchos jóvenes están engrosando las filas de las bandas. 

En Esmeraldas también ocurrió el primer atentado con carro bomba a un cuartel policial en enero de 2018. Semanas después, un equipo del diario El Comercio, que viajó a la frontera para investigar la inseguridad creciente en la región, fue secuestrado. Ese equipo, integrado por el periodista Javier Ortega, el fotógrafo Paúl Rivas y el conductor Efraín Segarra, fue llevado luego al lado colombiano y después fue asesinado por un grupo liderado por alias ‘Guacho’, exintegrante de las FARC, que desertó del proceso de paz y murió después en una operación del Ejército.

¿Fue a partir de ese momento que todo empeoró? No sabría decirlo. Pudo ser más bien una transformación paulatina y silenciosa que luego tuvo expresiones violentas. Pero entonces eran hechos inéditos. Antes de salir del país, trabajé como reportera y cubrí protestas ciudadanas, caídas de gobiernos, erupciones volcánicas. Creo que fueron los acontecimientos más graves que alcancé a documentar. Nunca tuve que reportar sobre carros bomba, secuestros, extorsiones, sicariato: noticias que empezaron a volverse cada vez más frecuentes en los medios. 

Ahora las miro desde la distancia, con la sensación de que me estoy ‘perdiendo’ algo –por llamar de alguna forma a lo que ya no puedo narrar como periodista porque ya no vivo ahí–. Pero nunca me he desconectado de Ecuador. Vivo pendiente de lo que pasa allá; es mi vida entre dos mundos. Y al menos una vez al año viajo a visitar a mi familia, a mis amigos, a repasar mis nostalgias y recuerdos, a llenarme de admiración y fuerza al contemplar los nevados que rodean a Quito, la ciudad donde nací. 

Es difícil encontrar una única razón para la violencia.  No ocurre en todo el país ni es de todos los días, pero hay fenómenos que se han ido extendiendo y son cada vez más frecuentes. “Es como la Colombia de los ochenta”, me dicen aquí, y es terrorífico verlo así. Hay similitudes, pero a la vez todo es tan distinto. 

¿Y quiénes son los culpables? Depende de a quién se le pregunte. También en estos años he visto cómo hablar de política se volvió un motivo de ruptura o pelea entre familiares y amistades o una razón para difundir discursos de odio en medios y redes, para culpar a uno u otro sector. 

De lo que sí estoy segura es de que en mi más reciente viaje del último mes pude constatar, como nunca antes, que la vida cotidiana hoy en Ecuador está atravesada por el miedo a ser asaltado o secuestrado; por el temor a viajar en la noche o a las amenazas de artefactos explosivos; por la prevención de ir a ciertos barrios o ciudades; por la preocupación de que todos lleguen bien a sus casas luego del trabajo. 

Y también constaté una extraña sensación de no querer estar en el momento y lugar equivocados, como le pasó a Diego Gallardo, un cantante que murió en Guayaquil por una bala perdida cuando iba a recoger al colegio a su hijo al enterarse de que cerca de ahí, una docena de hombres armados se tomaban un canal de televisión mientras se transmitía en vivo el asalto. 

Un día antes, uno de los delincuentes más poderosos y temidos del país había escapado de la cárcel. Como respuesta, el gobierno decretó el estado de excepción por 60 días y estableció un toque de queda entre las 23:00 y 05:00. Los criminales decidieron escalar la confrontación: además de tomar el canal de televisión, secuestraron a policías y agentes penitenciarios, y estallaron artefactos en las calles. 

Después vino el decreto presidencial para declarar la existencia de un “conflicto armado interno” y así enfrentar con militares y policías a las 22 organizaciones “terroristas”. La reacción de los grupos criminales no se hizo esperar: en pleno estado de excepción, este jueves 18 de enero en Guayaquil,  el fiscal que investigaba la toma del canal de televisión, y tenía a su cargo importantes casos de narcotráfico y corrupción, fue asesinado por sicarios cuando conducía su vehículo.

Aunque Guayaquil –el principal puerto del país– ha sido el epicentro de muchas de las situaciones violentas recientes, el pánico se ha sentido en otras ciudades. El día de la toma del canal, en Quito la gente salió más temprano de sus trabajos. Buscaba llegar a sus casas lo antes posible, lidiando con el tráfico y largas filas en las paradas de bus. Muchas empresas optaron por el teletrabajo y las autoridades anunciaron clases virtuales en el sector educativo. Los chats familiares y de amigos se llenaron de mensajes con las últimas noticias y de preguntas para confirmar si estaban bien.

Más allá de estos hechos puntuales y de los cambios de rutina en la vida cotidiana, el deterioro del país también se puede contar en números preocupantes. 

La pandemia dejó un país quebrado (la economía decreció 7,8 % en 2020 y aún no se ha recuperado) y, en el sector salud, se registraron 200 mil casos de covid-19 y cerca de 14 mil muertes, cifras muy altas para un país de su tamaño, que entonces también fue noticia mundial por escenas de fallecidos en las calles y fosas comunes. 

Por la crisis y con la exacerbación de la violencia, los ecuatorianos otra vez están huyendo del país. En 2022 llegaron a ser, después de los venezolanos, la segunda nacionalidad que cruzó la peligrosa selva del Darién rumbo a Estados Unidos. Fueron casi treinta mil personas. Los periodistas también se han visto obligados a salir. En 2023, nueve colegas se exiliaron por amenazas, y en las primeras semanas de 2024, se sumó el décimo.

Hay otras estadísticas y casos que alarman. Entre 2021 y 2022 ocurrieron once masacres carcelarias y 413 presos fueron asesinados en 21 meses. Las cárceles se han convertido en fortines de las bandas que se disputan el poder. 

Además, 2023 fue el año más violento en la historia del país. Asesinaron al candidato presidencial Fernando Villavicencio, al alcalde de la tercera ciudad más grande y al aspirante a una pequeña alcaldía que no alcanzó a celebrar su triunfo. El número de asesinatos alcanzó una cifra récord (7.878 crímenes, de los cuales solo 584 han sido resueltos por la justicia), con una tasa de homicidios de 46 muertes por 100.000 habitantes que ubica a Ecuador, un país de 17 millones de personas, como el más violento de América Latina. Hoy hasta los más inocentes son víctimas de la violencia armada. En estos días UNICEF reveló que la tasa de homicidios de niños, niñas y adolescentes aumentó un 640 % en cuatro años. 

Este panorama es difícil de asimilar para un país que hasta hace pocos años fue uno de los más seguros. Incluso resistió por décadas, pese a estar entre los mayores productores de cocaína del mundo, Colombia y Perú, países que también han experimentado altos niveles de violencia, por el conflicto interno de más de 50 años en el primer caso, y por el accionar del grupo Sendero Luminoso, en el segundo. Nos gustaba decir que éramos una “isla de paz”. 

Pero el negocio de la cocaína cambió, la cercanía geográfica a los países productores y la dolarización fueron aprovechadas por las bandas locales criminales que empezaron a ser actores relevantes en este mercado y hoy tienen negocios con mafias colombianas, mexicanas y albanesas. Como resultado, Ecuador se ha convertido en un lugar de acopio y salida de droga cada vez más importante en medio de un fenómeno regional que revela el fracaso de la lucha antidrogas tal como se ha aplicado durante años. 

Estos grupos han penetrado todas las esferas del Estado, como lo reveló el caso que la Fiscalía ecuatoriana llamó “Metástasis”. [Aquí, algunos análisis valiosos para intentar entender lo que pasa en Ecuador: uno, dos, tres, cuatro y cinco]. ¿Por cuánto tiempo la corrupción ha ido permeando un Estado debilitado (comprando conciencias, fallos judiciales y vidas) y a una ciudadanía que se hizo la de la vista gorda ante los bienes y autos de lujo, ante la abundancia de dólares sobre los que nadie preguntaba? Hasta vemos, entre el asombro y la indignación, cómo el líder de uno de esos grupos “terroristas”, que hoy está prófugo y cuya fuga desató la violencia más reciente, vivía en la cárcel en una suite con privilegios. También es el protagonista de un narco-corrido con un video donde aparecen imágenes de él posando en la prisión ante las cámaras, mientras la letra de la canción lo alaba.

¿Hay forma de parar esta degradación? Por ahora la situación está en manos de Daniel Noboa, el presidente más joven en la historia del país, que lleva menos de dos meses en el poder, con un mandato que durará solo año y medio, con posibilidad de reelegirse. Esto porque llegó a completar el periodo de su predecesor con elecciones anticipadas en medio de una crisis política. Noboa está pidiendo ayuda internacional porque las fuerzas armadas no tienen suficientes equipos y recursos para combatir a estos grupos. 

Espero que algo mejore; me aferro a cualquier posibilidad de parar esta violencia que nos está transformando como ecuatorianos y con la que no sabemos cómo lidiar. No terminamos de lamentar un hecho cuando ya es noticia otro. Y duele, indigna, asusta. Creo que hoy a todos nos une el mismo sentimiento de incertidumbre, de miedo y también de esperanza de que algo cambie, de que no normalicemos esos hechos sin precedentes que hoy nos estremecen, de que no nos acostumbremos a ser un país violento tomado por el narco. 

*Jeanneth es periodista ecuatoriana que vive en Colombia desde agosto de 2017. Es editora y coordinadora periodística de La Liga Contra el Silencio y fue editora adjunta de Mutante entre 2021 y 2023.