Editorial: #HablemosDeMovilización
Movilización

Editorial: #HablemosDeMovilización

El presidente Iván Duque ha dejado en visto a la minga caucana y ahora la movilización indígena se dirige a Bogotá, cumpliendo la promesa de llegar hasta la capital tras la negativa del mandatario a conversar con sus líderes. La imagen de una nueva silla vacía en la historia del país es contundente y marca el regreso de la movilización masiva en Colombia luego de meses de aislamiento social, para retomar la agenda de las enormes deudas que tienen las élites de este país con sus ciudadanos.

La minga llegará a Bogotá el próximo lunes, a un mes de que se cumpla el primer aniversario del 21N de 2019, fecha en la que el movimiento social logró convencernos de que “si nos juntamos y actuamos colectivamente podemos crear un (país) a imagen y semejanza de lo queremos”, como reflexionó la politóloga Sandra Borda en su nuevo libro: Parar para avanzar: crónica del movimiento estudiantil que paralizó a Colombia.

Estos meses de pandemia nos aislaron en muchos niveles. No han sido meses fáciles. El coronavirus le trajo a cada quien un desafío personal y, en medio de la infodemia y el miedo, se hizo más difícil entender qué ocurría en la calle. También fue más difícil acompañar a aquellos que nunca dejaron de protestar movilizados por el hambre, por la falta de un techo debajo del cual pasar la cuarentena, por la desaparición de sus fuentes de ingreso o los incumplimientos del gobierno a acuerdos previos, entre ellos los de La Habana.

Según la campaña Defender la Libertad, entre el 17 de marzo y el 30 de junio de 2020 ocurrieron en Colombia 42 protestas. Movilizaciones que, para colmo, se enfrentaron con el recrudecimiento de la violencia estatal contra la ciudadanía durante la pandemia. Según esta misma organización, la intervención de la fuerza pública en estas manifestaciones dejó al menos 162 personas heridas, 1 persona con lesión ocular y 32 personas muertas.

La represión ha continuado y una evidencia contundente fue el asesinato de 10 manifestantes en Bogotá el 9 de septiembre por cuenta de disparos que, probablemente, provinieron de agentes policiales, según revela el análisis de decenas de videos realizado por el portal CeroSetenta. Así, y de acuerdo con el Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP), la Policía Nacional desplazó a los paramilitares como el actor que más ha violado los derechos humanos en 2020.

Ahora que la pandemia nos ha ofrecido una tregua, la llegada de la minga indígena a Bogotá y el paro nacional del 20 y 21 de octubre marcan el inicio de una nueva conversación colectiva sobre los fines y los medios de la movilización en Colombia.

Creemos que esa conversación debe arrancar preguntándose por aquellas comunidades que no dejaron de movilizarse durante estos meses de aislamiento y confusión: los estudiantes que lograron la matrícula 0 en sus universidades, las  familias cultivadoras de coca que han sido reprimidas por el Estado al tiempo que les incumple los acuerdos de sustitución, los barrios y veredas golpeadas económicamente que se han enfrentado a una fuerza policial inclemente para evitar desalojos y no irse a la cama con hambre, la minga, las mujeres, las disidencias de género, los empleados de Ecopetrol...

¿Quiénes y cómo lideraron estas protestas? ¿Qué victorias obtuvieron? ¿Qué podemos aprender de ellos y ellas en tiempos en los que la calle sigue siendo un escenario de riesgo? ¿Cómo nos imaginamos nuevos repertorios de protesta en medio de una pandemia?

Esta conversación ocurre, además, cuando ha quedado en evidencia que la Gran Conversación Nacional a la que nos convocó el gobierno de Iván Duque a finales del año pasado, no tenía una ruta clara ni tampoco era prioritaria. Así lo reveló La Silla Vacía hace unas semanas, dando cuenta de la decepción de los moderadores de estas mesas de conversación, en donde la mayoría de procesos quedaron inconclusos y las propuestas ciudadanas nunca se terminaron de tramitar.

La movilización es un proceso que requiere responsabilidad. Para defender los derechos no basta con salir a la calle; esa es su expresión más evidente y es hermosa porque convoca, incluso, a los más apáticos. Pero es la punta del iceberg. Antes de eso hay procesos organizativos que son la expresión más íntegra y pura de lo que significa estar en un estado de movilización constante por los derechos, generalmente liderados por quienes viven las opresiones directamente y que, de verdad, se levantan día a día a preguntarse por nuevas maneras de hacerse dignos.

La pandemia nos revela el respeto que deberíamos tener por esos procesos que nos muestran con su ejemplo que la protesta social tiene que ser un derecho permanentemente defendido.

#HABLEMOSDEMOVILIZACIÓN
 

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Por:

Mutante

2020-10-14

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