Entrevista a Leonel Narváez Gómez
Paz

“Al perdón hay que sacarlo del confesionario y volverlo un bien público”: Leonel Narváez

Una entrevista con Leonel Narváez, fundador de la Fundación para la Reconciliación.

Leonel mira a través de unos discretos lentes sin montura y suelta sus palabras, imperturbable: el tiempo para dos cosas fundamentales ha llegado: el tiempo posreligiones y el tiempo del perdón. “Se está eliminando el  concepto religioso, proselitista, y está llegando el tiempo de la espiritualidad, donde tú aprendes del budista, del musulmán, del católico, del cristiano, ¡de quien sea!”.

Su forma de hablar delata rápidamente al sacerdote y, también, al humanista. Leonel Narváez Gómez estudió Filosofía, Sociología  y Teología antes de ordenarse como sacerdote de los misioneros de la Consolata. Trabajó primero con tribus nómadas del Oriente de África, luego fue a estudiar a Cambridge. De allí llegó a trabajar a las selvas del Caquetá y Putumayo. A finales de los años noventa, cuando salió del comité temático de los fallidos diálogos de San Vicente del Caguán (1999-2001), dejó las montañas para estudiar en Harvard.

No tiene una entrada en Wikipedia, pero es uno de los personajes que más ha trabajado la cultura del perdón en Colombia en los últimos 20 años. En 2003 fundó la Fundación para la Reconciliación, con la que ganó la Mención de Honor del premio UNESCO de Educación para la Paz en 2006. Y ha atravesado el mundo entero difundiendo las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ES.PE.RE), un mecanismo psicosocial que ideó mientras estudió en Harvard para promover el perdón como un derecho humano y una virtud política.

Por la época en la que decidió irse a estudiar con los curas al seminario, en San Félix, Caldas, uno de sus hermanos decidió entrar a la guerrilla de las Farc. Leonel era apenas un muchacho que terminaba el bachillerato. “El hermano mío era una persona totalmente concienciada por la izquierda, y yo tuve la fortuna, digamos, de estar más concientizado no por la derecha, sino por conceptos sociales diferentes a tomar las armas”. Leonel fue, en parte, hijo de un camino bifurcado.

Las duras realidades latinoamericanas y campesinas de las que ha sido testigo, como la violencia política y social, el hambre, la pobreza y la desigualdad, lo han llevado a integrar diversas sabidurías ancestrales a su vocación. Es seguidor de  la deslumbrante capacidad compasiva del budismo, pero también de la inmensa capacidad misericordiosa de Cristo. A ambas las conjuga en una palabra que parece dinamita para el mundo occidental de hoy: el perdón.

¿Qué es el perdón?

¿Cómo vivirlo de cerca?

¿A quién o quiénes le corresponde perdonar y pedir perdón?

¿Hacia qué nos lleva exactamente?

“El perdón tiene que ver con lo trascendente de nosotros”, dice Leonel. Quizás por eso es tan difícil de engullir en medio de una campaña presidencial como la que vive el país hoy.

No es una cárcel el lugar en el que la gente lo imagine posible. Mientras en Mutante avanzábamos en la preparación de nuestra conversación sobre el perdón, semanas antes de que estallara el escándalo de la visita de Juan Fernando Petro a la cárcel La Picota de Bogotá, y de que este salpicara la campaña a la presidencia de su hermano, Gustavo Petro, las preguntas sobre el perdón incomodaban nuestras discusiones editoriales. Sabíamos que era un tema necesario, pero nos costaba mirarlo sin desconfianza.

¿Era un mal momento para hablar del perdón? ¿Acaso habría uno bueno? Llegar a un acuerdo colectivo sobre eso es difícil y las noticias de los últimos días nos lo demuestran. Pero voces como la de Leonel luchan a contracorriente. Instalar una cultura política del perdón, y que el perdón se convierta en una herramienta democrática, es el acuerdo social que propone. No es para nada una tarea sencilla, pero él, que lleva 20 años dedicado a ella, cree que no solo es posible sino real.

El perdón mueve nuestras fibras más viscerales, especialmente porque deriva en temas que nos inquietan mucho, como la justicia y lo imperdonable. ¿Para usted existe realmente algo imperdonable?

Los filósofos reconocidos en estos temas de perdón, como Jacques Derrida, por mencionar uno, dicen que si hay perdón es de lo imperdonable, porque si es de lo perdonable ya no es perdón. Otros autores dicen que el perdón para que sea verdadero se le da, se le debe dar, a quien no lo pide y a quien no lo merece. En mi experiencia de estos 20 años trabajando con el perdón, el perdón verdadero se le da a quien ni lo pide ni lo merece. ¿Por qué? Porque el perdón es un regalo para uno mismo, es una asepsia, una desinfección personal. Y ese esfuerzo de desinfección personal, es lo que nosotros llamamos un giro narrativo. La persona hace un giro de las ganas de vengarse a la compasión. Y ese es un salto evolucionario que ocurre si tú lo quieres. Uno salta a unas cimas  altísimas de evolución humana: pasa de la bestia que tenemos dentro, al ángel que también nos habita.

Pero en ese sentido, ¿se trataría de un salto moral, religioso o espiritual?

El perdón, aunque es un recurso religioso, es sobre todo un recurso político. Hoy en día muchísimos académicos están de acuerdo en decir que el perdón, antes que nada, es una virtud política. Es lo que vengo haciendo los últimos 20 años, que el perdón opere como una virtud política. Y eso es lo que nos ha permitido, entre otras cosas, llegar a muchos ambientes: cárceles, universidades, iglesias de diferente tipo.

El perdón aún parece legitimarse solo en el ámbito religioso, ¿Cómo podemos entenderlo, por ejemplo, en términos políticos, como usted dice?

Al perdón, sobre todo en culturas cristianas como la nuestra en Latinoamérica, hay que sacarlo del confesionario. Hay que volverlo un bien público, y, de hecho, es un bien público. Uno de los impactos más grandes que tiene el perdón es la salud mental y física de las personas. Nosotros acabamos de hacer una medición con el London School of Economics y Colciencias de cómo impacta el perdón a las personas. Estuvimos en zonas muy pobres y muy violentadas de Colombia y lo que vimos es que las personas que no perdonan tienen grandes problemas de salud mental, pero también indigestión, taquicardias, enfermedades que se manifiestan en lo físico. Pero, sobre todo, el gran problema social de no perdonar es que multiplica mucho la criminalidad y los homicidios, es decir, las venganzas.

En los años que llevo en este tema hemos analizado las estadísticas de Medicina Legal y de Fiscalía sobre violencia interpersonal. ¿Sabes cuál es el motivador más importante de los homicidios? El ajuste de cuentas y las riñas. En esos casos de violencia interpersonal de 2021 tenemos que hasta el 98 % de los homicidios en violencia interpersonal sucedieron por ajuste de cuentas y riñas.

La venganza es un círculo que se retroalimenta por el recuerdo de la ofensa y eso recicla conflictos. ¿Qué tiene el perdón para enseñarnos sobre el olvido?

Yo prefiero otra palabra que es muy importante: la memoria. Considero que la cosa más difícil para perdonar es cómo superar la memoria ingrata de un evento. El tema fundamental del perdón es cómo supero la memoria ingrata, o sea que el perdón no es olvido, tampoco es negar la justicia, ni negar la reparación. El perdón es superar la memoria ingrata y esa transformación de la memoria ingrata la llamamos un giro narrativo. Lo más difícil para transformar la memoria es que yo pueda hacer catarsis. Es decir, que pueda tener personas con las que en confidencialidad pueda vomitar lo que he llegado a llamar en Colombia “la puta rabia”. Y lo digo porque son palabras de los campesinos: “¿Cómo hago para sacarme esta puta rabia que tengo dentro mí?”. Es necesario hacer estas catarsis y así reconstruir la ofensa e, incluso, revivirla si es posible.

Uno de los ejercicios que a nosotros muchas veces nos toca en las escuelas de perdón es la contención de personas que reviviendo o renarrando el evento se les sale todo el dolor del alma, se vuelven locos, gritan, lloran. El tema es la memoria, pero es posible cambiarla, y transformarla es pasar de las ganas de venganza o de retaliación, a cómo me ejercito en la compasión. Ese es el giro narrativo, el giro conductual más importante en el proceso de perdón. 

Habla de la confidencialidad que se necesita para “vomitar” la rabia con alguien, ¿cómo sucede?

Hemos hecho una experiencia interesante y es que nunca o escasamente hacemos ejercicios de perdón individuales, preferimos ponernos en grupos. Ponemos a las personas en grupitos de tres, muchas veces sentados tocándose la rodilla, para que haya transmisión de energía. Ahí comienza a efectuarse algo que llamamos las neuronas espejo, es decir, que se orientan entre sí y comienzan a influir unas con otras: el dolor que tú me estás contando lo estoy captando yo y lo está captando el otro. Y cuando comenzamos a buscar giros narrativos, todos se van poniendo en la misma perspectiva, de tal manera que uno se encuentra, después de un trabajo de 40 horas, que las personas están completamente sintonizadas y ya comenzaron a surgir nuevas narrativas. Y cuando ven que este grupito que yo tenía acá y el otro que está a mi lado y el otro y el otro lo hicieron, pues se suceden estos giros narrativos enormes de grupos.

Es que el perdón social sí existe, pero no así tan aprovechado y utilitarista como se está tratando de hacer. En estos días, que se han hecho las audiencias entre militares y víctimas de los falsos positivos, precisamente, ¡ese es un perdón social! Hay circunstancias que lo favorecen pero, en el fondo, se está dando el perdón social sin que se lo obligue, sin que lo organice el gobierno. La JEP es una entidad separada del gobierno, se da también en la Comisión de la Verdad. No es ese perdón utilitarista para ganar votos.

Mencionó algo importante y muy actual para Colombia: la puta rabia, a la que hoy algunos nombran como “ digna rabia”. ¿El perdón tiene lugar para la indignación? 

El hacer catarsis es una forma de darle rienda suelta a la indignación. Yo vomito, cuento, reactúo lo que me pasó a mí con el dolor del alma, pero esa indignación la estoy haciendo pública, por eso es un acto político. El acto político comienza a manifestarse cuando yo hago público mi dolor, y lo hago con unos compañeros que me están escuchando. Yo posiciono el dolor en el público y esta ha sido una de las cosas bonitas que están pasando en Colombia.

A mí, que vivo en esos temas, me gustaría que fueran más masivas, pero también entiendo que eso tiene sus tiempos. Estas manifestaciones del posicionamiento del dolor de las víctimas de los falsos positivos en lo público, con los militares aceptando y pidiendo perdón, me parece que es un acto político poderoso y ahí digo que el tiempo del perdón está llegando. La indignación es, en el fondo, un ejercicio de la catarsis en forma positiva. Cuando la puta rabia se vuelve rabia engranada para la venganza, esa indignación se deteriora.

En el libro que escribió en 2010, La revolución del perdón, cuenta que proviene de Génova, Quindío, el mismo pueblo de dos sonados victimarios de este país: ‘Tirofijo’, quien fue el máximo jefe de las Farc, y  Luis Alfredo Garavito, un asesino en serie y violador de niños. Una coincidencia perturbadora: nuestra tierra produce, al tiempo, la fuerza violenta y la pacificadora. 

Aquí tengo que decir algo y es que fui una persona afortunada. Tuve y tengo una familia muy bonita. ‘Tirofijo’ no tuvo eso. Viene de una familia muy disfuncional. ‘Tirofijo’ estudió en una escuelita de vereda, donde había una profesora que era multigrado, o sea, la misma profesora enseñaba de todo: Geografía, Historia, Matemática, etcétera, pero esta profesora creía que Matemáticas era lo más importante del mundo y, entonces, castigaba continuamente a ‘Tirofijo’ porque él, si tú le preguntabas dos por tres, te decía a lo mejor cuatro o cinco, y eran palmazos y reglazos en las manos. Y ‘Tirofijo’ siempre hablaba de esa “hp de profesora".

Eso lo marcó terriblemente. Tenía no solo la violencia en su familia, sino en la escuela. Y un niñito que llega después a sus 14, 15, 17 años, que tuvo, digamos, el infortunio de encontrarse con personas que estaban en la misma situación, a raíz de ataques perversos de la Policía de esa época se arma con sus escopetas, penillas y sus palos, y dice: “Esto no puede ser así”. Ahí fue donde empezó la crisis y fue ‘Tirofijo’ un gran líder, porque él no tenía inteligencia matemática pero sí tenía inteligencia social, y era capaz de reunir a los otros jóvenes. Y de hecho, las Farc empezaron con ocho, diez, entre primos y amigos, uniendo escopetas y palos para enfrentar a la Policía.

Mencionaba antes las estadísticas de homicidios en el país. ¿Por qué cree que ser un país mayoritariamente cristiano no nos ha eximido de reproducir el odio?

Mi conclusión es que desafortunadamente hemos tergiversado la propuesta cristiana de Jesús. Y el cristianismo que se ha creado en toda Latinoamérica, por no decir en todo el Occidente, es una cultura de castigo e infierno, de un Dios que te elimina prácticamente; eso es totalmente contrario al cristianismo. Ahí está la paradoja. Nosotros los cristianos hablamos, por un lado, de un Dios que te manda al infierno y, por otro, de un Dios que te perdona todo y que murió para perdonarte.

En toda Latinoamérica, que es un 90, 95 % cristiana, se ha generado el tema de la venganza y del castigo. Con frecuencia decimos: el que la hizo, que la pague, y que ojalá se pudra en la cárcel. Esa no es humanidad, eso no es dignidad. Tú no sabes cómo me cuesta a mí convencer a ciertos curitas y ciertos obispos de decir: ¡es que el perdón es de lo imperdonable! El perdón es la total compasión y acogida del otro como es. Y que acogerlo con amor es darle la posibilidad, valorarlo para que se recupere. Uno ahí podría meterse con todos los temas cristianos del evangelio: Dios que acoge a la pecadora, Dios que deja 99 ovejas y se va detrás de la pecadora, Dios que recoge al hijo que se fue de la casa y se gastó todo y después vuelve.

En fin, el evangelio está plagado de actos de misericordia, de compasión. Yo digo: si el infierno existe, allá no hay nadie, porque Dios es totalmente misericordioso. Para los que no quieren dejar el concepto de infierno, entonces digamos que sí, existe infierno pero está vacío; si es que es un lugar, que es una tontería pensar en eso. Imagínate tú que el continente más violento del mundo es Latinoamérica y es, a su vez, el continente más cristiano. ¿Cómo conectas las dos cosas?

Usted hizo parte del equipo central  de las negociaciones del Caguán entre el gobierno Pastrana y las Farc, a comienzos de este siglo. ¿Qué hizo imposible el perdón en ese momento?

Nos concentramos en la discusión prologadísima de todos los temas sociales, económicos, político, pero mientras nos quedamos en las causas exteriores de la violencia, nunca tocamos las internas que son las tres erres: rabia, rencor y ganas de retaliación. Ese fue un vacío que apenas estamos comenzando a cumplir.

Durante las negociaciones en La Habana, usted escribió una carta en la que cuestionó fuertemente el rol de las iglesias en el proceso de paz. “¿Por qué somos vergonzantes del perdón y faltos de fe en la fuerza poderosa que conlleva?”, dijo. Sobre eso, ¿qué respuestas obtuvo?

Directamente, ninguna. Sin embargo, me llama mucho la atención que en Colombia la Iglesia católica solo en estos últimos días ha comenzado a interesarse en la propuesta del perdón gracias a cambios directivos que ha habido en la Conferencia Episcopal y en la Conferencia Nacional de Religiosos, o sea, la que unifica un poco a todas las comunidades religiosas masculinas y femeninas.

Piden que se comience a multiplicar la propuesta del perdón y de la reconciliación. Ellos mismos reconocen que está más fuerte en otros países que en Colombia, aunque todo ello empezó aquí. Un caso particular es el de México, donde los obispos pidieron, y ya se está ejecutando desde hace casi dos años, que las Escuelas de Perdón y Reconciliación fueran llevadas a las 12.000 parroquias e instituciones católicas que hay en ese país, incluyendo en estos últimos meses la propuesta de llevarlas a los 50.000 Scouts que allí existen. Signos de que el tiempo del perdón está llegando.

En una entrevista de 2015 dijo que perdonar es “encender el cerebro evolucionado”, en lugar de dejarse dominar por el cerebro cavernario, reptílico, aquel donde se alojan la rabia y el rencor. Mencionó que un 50 % de los colombianos ya había entendido esto y estaba en el camino de evolución; pero que la otra mitad insistía en mantenerse en la caverna. ¿Cuál diría que es el porcentaje hoy?

Cuando hubo la firma del Acuerdo de Paz en Cartagena, yo decía que 50 %. Y, de hecho, ese fue el plebiscito, la mitad de Colombia apoyaba la paz. Hoy diría que los colombianos hemos avanzado hacia la necesidad de la paz y que un 65 % de los colombianos ya está comenzando a perdonar. Nosotros hemos aclimatado a los colombianos esta propuesta de acoger a los sujetos que están fuera de la ley con justicia restaurativa. Y esa es la gran diferencia. Cuando a uno lo ofenden, el gran problema es lo que se llama el vacío de la justicia, que no se hace justicia, y como no me hacen justicia yo la voy a hacer.

Cuando uno entiende que la justicia no es solo la punitiva, sino que hay también justicia que restaura, entonces, uno comienza a entender qué es lo podríamos darle a todos estos guerrilleros que se reincorporaron. Aparece esto de negociar la paz, de negociar incluso la justicia con verdad. Mira, por ejemplo, lo que ganamos en estos días con la verdad tan profunda que ha salido sobre los falsos positivos. Los militares tienen que reflexionar profundamente por qué pasó eso en sus vidas y no pueden negarlo porque los oímos todos los colombianos.

Me parece que está llegando el tiempo del perdón, de eso que le da fundamento profundo y fuerte a la paz. En este salto evolucionario que está sucediendo en Colombia están las mujeres, lo femenino de la humanidad. En lugar de practicar la bestia, el reptil, el dinosaurio que llevamos por dentro, más bien cultivar el ángel de la bondad, de la generosidad con nosotros, y en esto las mujeres están jugando un papel muy importante. Las mujeres no tienen responsabilidad en la violencia más que del 5 al 8 %, según las estadísticas de Fiscalía y Medicina Legal. El gran 90 y más por ciento son de estos machos-cabrones, los llamo yo, machos-hombres que incitamos y cultivamos la violencia.

Lo femenino también lo tengo yo, y es todo esto de la bondad, el cuidado y la ternura. Por cursi que puedan sonar esas palabras son actitudes muy importantes para la vida.

¿Cuál puede ser el futuro del perdón en el país, donde hay tanto que perdonar por la violencia vivida durante décadas?

Es más fácil la violencia que la paz. La paz es muy dura de construir, exige mínimo cuatro componentes: verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición. Yo creo que estamos logrando verdad. Esa verdad va a ayudar muchísimo a que los militares entiendan que las cosas no van a pasar impunes, que se están sabiendo. Y colocar eso en público es una riqueza enorme que nosotros estamos ganando.

Ahora lo que falta es cómo vamos a hacer los colombianos para garantizar la no repetición de todo esto. ¿Cómo practicar nuestra ciudadanía siendo también nosotros responsables de la veeduría de las cosas? Estas madres estuvieron atentas a todo lo que estaba pasando y con el peligro de que fueran asesinadas iban a una oficina, iban a la otra, estuvieron averiguando, estuvieron buscando hasta que llegaron a saber la verdad sobre sus hijos, dónde estaban, dónde los mataron. Y esa es una verdad muy sanadora. Gana el gobierno, ganan las instituciones, ganan los ciudadanos. A mí me parece que el haber entrado por una institución tan fuerte como el Ejército nos va a dar a los colombianos unas posibilidades enormes de que en otras instituciones se puedan descubrir otras cosas.

En un mundo atravesado ahora mismo por la guerra, el acaparamiento de la riqueza, la codicia y el individualismo, ¿ve usted espacio para pensar en temas como el perdón o la compasión desde lo colectivo?

Hay una reflexión que se ha vuelto muy frecuente para mí y es que el descubrimiento más importante que puede hacer un ser humano es entender que somos un don. Yo, que tuve la fortuna de vivir en las tribus de lo que se cree fue la cuna de la humanidad –toda la zona del Nilo, Etiopía, Sudán, Kenia– me di cuenta que ellos tienen memoria hasta de 80, 90.000 años atrás. Hay culturas que fueron anteriores a esta cultura nuestra del agro, de tener tierra, productos, de vender, tener moneda, capital, etcétera, que ahí se comenzó a torcer la humanidad en su curso de ascenso. Y ellos todavía viven según ese concepto comunitario de la tierra, con el concepto del don.

Una humanidad que se ha vuelto acaparadora de la riqueza, en donde el 2 % de la humanidad tiene más del 90 % de la riqueza, es una locura, una matriz escandalosa que no podemos permitir. Para que la humanidad pueda volver a su curso de ascenso revolucionario tendremos que recuperar ese concepto de la cultura del don. Es que la expresión más profunda del don es el perdón. Etimológicamente, esas palabras nacieron en la humanidad así: el perdón igual que la palabra perfecto, o algo que es hecho maravillosamente bien. El perdón es el don perfecto. Y esas son dos caras de la misma moneda. La persona que logre esos dones es la persona más rica del mundo.

 

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Por:

Karen Parrado Beltrán

Ilustración: Laura Hernández @cuerpo_fantasma

2022-05-08

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